miércoles, 18 de abril de 2012

BOSCH REFUTA COMENTARIO


(El Caribe, Santo Domingo, 29 de septiembre de 1962, p.16.)

La mayoría de los dominicanos, especialmente la gente de los campos y de las orillas de los pueblos, hablan en forma distinta de los que viven en el centro de los pueblos y de la Capital, y especialmente de los que han estudiado para ser bachilleres, doctores, abogados, ingenieros y otras carreras. Por eso se explica que algunas palabras significan una cosa para la gente de los campos y de los barrios de los pueblos y la Capital y otra cosa para la gente que ha estudiado. Por ejemplo, ése es el caso de la palabra “cuentista”.

Para la mayoría de la gente, cuentista es el que engaña, el que habla mentiras; pero para la gente que ha estudiado, cuentista es el que escribe cuentos; y si usa la palabra cuentista en el otro sentido, lo hace de mala fe, para engañar a los demás.

Ustedes saben que no nos gusta hablar de nosotros mismos. No somos soberbios; no decimos que valemos más que nadie. No somos vanidosos; nunca hemos hablado de lo que hemos hecho. Pero hoy tenemos que hablar de nosotros mismos, y por eso vamos a usar la palabra “yo” en vez de la palabra “nosotros”. Con la palabra “nosotros” nos referimos siempre al Partido, al PRD; y con la palabra “yo” vamos a referirnos a nuestra persona, cosa desagradable, pero que por obligación debemos hacer para quitarles la careta a los que hasta en cosas pequeñas engañan a los dominicanos humildes, a los hombres y las mujeres que no tuvieron la suerte de estudiar bachillerato ni ir a la Universidad.

Mucho antes de salir de la República Dominicana, cuando todavía era un jovencito, empecé a escribir cuentos; y como el cuento es lo más difícil de escribir, y tuve la suerte de que los que yo escribía les gustaban a los que los leían, en poco tiempo fui conocido fuera de la República Dominicana por lo que escribía. ¿Y cómo era lo que escribía y sobre qué escribía? Pues lo que escribía era siempre sobre los abusos, las maldades que se cometían con los campesinos y los trabajadores de esta tierra; escribía sobre los hombres y las mujeres infelices de los campos y los barrios; escribía sobre sus sufrimientos y sus esperanzas. Porque yo crecí en Río Verde y en El Pino y vi desde muy chiquito esos abusos, esas maldades; conocí desde muy chiquito los sufrimientos y las esperanzas de la gente humilde de mi país; y siempre llevé en el corazón la amargura de ellos, siempre tuve en el corazón el peso de esas amarguras que nunca han conocido ni jamás conocerán los tutumpotes que aumentaban y aumentan esos sufrimientos con su explotación.

Honores por sus cuentos

Cuando salí de la República Dominicana fui recibido en todas partes con honores precisamente debido a que había escrito y seguía escribiendo esos cuentos; y por esos cuentos me dieron premios y me llamaron a universidades a que diera clases sobre la manera de escribir cuentos. Porque aunque aquí la gente humilde crea que ser cuentista es ser mentiroso, es engañar a los demás, en todas partes los que escriben cuentos son personas muy apreciadas. ¿Y por qué son apreciadas? Porque como dije antes, escribir cuentos es lo más difícil que hay; y por esa razón grandes países como Inglaterra, como Francia, como Estados Unidos se sienten orgullosos de sus grandes cuentistas, es decir, de los escritores franceses, como Guy de Maupassant, que escribió buenos cuentos; de los escritores ingleses, como Rudyard Kipling, que escribió buenos cuentos, de los escritores americanos, como Ernest Hemingway, que escribió grandes cuentos. Un cuento escrito por Ernest Hemingway le produjo a ese escritor más de dos millones de dólares.

Eso lo saben los señores de Unión Cívica y los periodistas que ponen al lado de mi nombre la palabra “cuentista” para que el pueblo crea que yo soy un mentiroso, un hombre que engaña. Ellos saben que están engañando al pueblo; lo saben bien, pero como ya tienen la costumbre de engañar al pueblo, no pueden dejar de hacerlo, y lo hacen hasta sin querer.

Por ejemplo, en un librito que repartió la Unión Cívica de Higüey, se dice que yo soy un cuentista. Ese librito fue escrito por una agencia de publicidad, y agencia de publicidad quiere decir, oficina que por dinero escribe para hacer propaganda a los comerciantes y a los industriales. La Unión Cívica usa una de esas oficinas que hace por paga propaganda a los comerciantes e industriales, y como es claro, Unión Cívica le paga a esa oficina. Pues bien, los jefes de esa oficina de publicidad, que precisamente no son dominicanos, saben muy bien que la palabra cuentista no quiere decir el que engaña, el que habla mentira, sino el que escribe cuentos; pero como les pagan para que engañe al pueblo usando la palabra como es, usándola como cree la gente que es, en la forma incorrecta; la usan para causar perjuicios y para seguir engañando al pueblo.

Nuevo libro

Yo he escrito, de cuentos nada más, varios libros; y precisamente ayer salió a la calle uno que se llama Cuentos escritos en el exilio. El primer cuento de ese libro fue escrito en Cuba hace más de veinte años, y es la historia de un peón de campo dominicano que cogió paludismo, y cuando se puso muy malo, el amo lo botó y le dio medio peso para el camino; pero cuando el peón se iba, le atacó el frío de la calentura, el frío de la enfermedad, y en ese momento el amo lo obligó a que le fuera a buscar una vaca que había parido la noche anterior. Para el amo era más importante el becerrito que el peón; le dolía más perder un becerrito que la muerte de su peón. Ese cuento se llama “Los Amos”. Y así como ése hay varios cuentos más. Hay también uno que se llama “El Funeral”, y es el cuento de un toro llamado Joquito, que tumbó al dueño de su caballo y el dueño lo mató a tiros; y después que desollaron a Joquito y lo partieron en bandas, comenzaron a bajar toros y bueyes y novillos y vacas de las lomas para llorar la muerte de Joquito, con lo cual dieron un ejemplo a los hombres, a las personas, porque esos animales llegaron de lejos a llorar la muerte de un toro que para ellos era desconocido, y las personas no se preocupaban por la muerte de otra persona desconocida; y hay el cuento llamado “En un bohío”, que refiere el sufrimiento de una campesina pobre, con dos hijos enfermos; una campesina solitaria porque el marido estaba en la cárcel; una pobre mujer que no tenía de qué vivir, y ustedes pueden imaginarse los pesares de esa mujer, con sus hijos enfermos, sin nadie que la ayudara; y todavía quedan muchas y muchas como ella en nuestro país. Y está el cuento de Victoriano Segura, un hombre a quien todo el mundo veía con malos ojos, porque era un carretero pobre, y sin embargo Victoriano Segura salvó la vida de una vieja en un incendio; y hay el cuento de un pobre haitiano picador de caña, llamado Luis Pie, a quien un tutumpote acusó de pegarle fuego a la caña, cuando no era verdad. Lo que no hay en ese libro ni en ninguno que haya yo escrito es cuentos de tutumpotes, porque mi interés cuando escribía, era que el  mundo supiera que aquí, en la República Dominicana, había campesinos y trabajadores que padecían abusos y engaños.

Y esos cuentos gustaron en el extranjero; gustaron y los extranjeros que los leían aprendieron la verdad sobre nuestro país; aprendieron a conocer la situación verdadera de los infelices de esta tierra. Ustedes saben que en muchos países la gente habla otras lenguas; que los franceses hablan francés, los ingleses y los americanos hablan inglés, los alemanes hablan alemán, los portugueses hablan portugués. Pues bien, muchos de esos cuentos míos fueron pasados a esas lenguas, y en muchas universidades americanas varios de esos cuentos dominicanos que yo escribí se usan para enseñar a los alumnos; y eso lo saben bien los tutumpotes que están engañando al pueblo diciéndole que yo soy un cuentista para que el pueblo entienda que soy un mentiroso, que engaño a la gente, pero no le aclaran al pueblo qué quiere decir cuentista como escritor de cuentos.

Dicta charla

Hace tres noches, un grupo de personas que forman una asociación internacional llamada Club Rotario, es decir una agrupación que existe en varios países, me invitó a que les hablara sobre el cuento como parte del arte de escribir, y lo hice con mucho gusto, porque me siento satisfecho de haber escrito cuentos que hoy figuran en varias lenguas y en muchos libros de varios países del mundo; porque me siento satisfecho de que el nombre de la República Dominicana figure en diversos libros en otras lenguas gracias a los cuentos que he escrito.

Lo que yo estoy haciendo ahora como político, como presidente del PRD, lo hice antes, hace muchos años, como escritor de cuentos; es decir, luché por los campesinos, por los trabajadores dominicanos; luché por mi país, por los humildes  de mi país. En aquella época ya había gente que me preguntaba por qué yo no escribía sobre la gente de sociedad, por qué no escribía cuentos sobre personas ricas, sobre muchachas bonitas de sociedad, y dije siempre que lo que yo llevaba en el alma, en el corazón, era lo mío, lo que vi desde que era chiquito, lo que aprendí a querer en mis primeros años; y eso era la vida del infeliz, la vida del trabajador. En esa lucha he estado, y nunca soñé ni nunca quise que esa lucha me convirtiera en Presidente de un partido, porque no la he llevado a cabo para ser presidente de nada, sino porque es lo que me pide el alma, lo que me pide el corazón, y ya he dicho antes que no hay corazón que engañe a su dueño.

Nunca hubiera querido hablar de esto, porque me repugna hablar de mí mismo y tratar problemas personales ante el pueblo. Pero en esta aclaración hay un punto que es el de enseñar al pueblo una cosa que hasta en detalles como ése de la palabra cuentista lo han estado engañando. Y si en cosa tan pequeña lo engañan, ¿qué no harán en las otras, en las importantes?
Perdonen, pues, el tema de hoy.

NOBEL PARA JUAN BOSCH

El Golpe de Estado de 1963.

Un Nobel para Juan Bosch. Homenaje

Profesor, usted fue derrocado el 25 de septiembre de 1963, a los 19,810 días de su nacimiento (el 30 de junio de 1909 en la ciudad de La Vega, República Dominicana). Fue derrocado por los gorilas que ejercieron su juventud en la misma época en que usted ejerció la suya, pero que también fue la época en la que el monstruo engendrado por el imperialismo “ordenaba la casa” para que las señales le llegaran a control remoto desde la sede del edificio de cinco lados.

Hoy, Profesor, sabemos las razones por las que no se le permitió al pueblo dominicano encontrar el camino perdido. Hoy sabemos, Profesor, cuáles fueron las motivaciones que llevaron tanto a gorilas como a pentagonistas a despojar a nuestro pueblo del bienestar del desarrollo que bajo sus ejecutorias lograría.

A Ud. se le derrocó, Profesor, porque se encargó de editar y dirigir el periódico escolar El Infante, cuando apenas usted contaba con nueve años de edad, la misma en la que escribió sus primeros cuentos. Se le derrocó porque a los 17 años comenzó a publicar cuentos y poemas, porque a los 20 años se fue a Barcelona, España, y allí organizó una compañía teatral de variedades con la que se trasladó a Caracas, Venezuela, para actuar en el Teatro Olimpia.

Se le derrocó, Profesor, porque a los once años del monstruo Trujillo estar en el poder Ud. decidió retornar a su patria, República Dominicana, y publicar dos poemas en el Listín Diario; se le derrocó porque teniendo usted 24 años publicó su primer libro de cuentos, “Camino real”, y apenas un año después fue apresado por la policía trujillista y acusado de conspirar contra el régimen. Se le derrocó porque a los 26 años colaboró con la revista Bahoruco; porque a la misma edad dirigió la sección literaria del Listín Diario, fue nombrado en la Dirección General de Estadísticas y organizó el Censo Nacional de Población de la República ominicana.

A Ud. se le derrocó, Profesor, porque en un acto público el Ministro de Educación de Trujillo, en un discurso autorizado por “el jefe”, dijo que en todo el presente siglo el país había producido dos grandes figuras, una de ellas Trujillo, como era de suponerse, y la otra el hijo del señor José Bosch, “persona sin importancia alguna en la sociedad dominicana”.

A Ud. se le derrocó, Profesor, porque a los 27 años publicó “La Mañosa”, la novela de las revoluciones; porque fue nombrado, en 1937, Presidente de la Sección de Periodismo y Literatura del Ateneo Dominicano y un año después Jefe del Servicio de Información de la Dirección General de Estadísticas. Se le derrocó porque el dictador Trujillo decidió nombrarlo diputado, acción que le despertó la idea del exilio; se le derrocó, Profesor, porque el 13 de enero de 1938 Ud. decidió embarcarse a Puerto Rico en lugar de servirle desde esa posición de compromiso al régimen. Se le derrocó por ser contratado por Adolfo Hostos para dirigir la recopilación de las obras completas de Eugenio María de Hostos; porque publicó “Mujeres en la vida de Hostos”.

A Ud. se le derrocó, Profesor, porque desde Puerto Rico fue enviado a La Habana para supervisar y dirigir la edición de las obras completas de Hostos, porque aquí le esperaba el doctor Enrique Cotubanamá Henríquez para proponerle la fundación del Partido Revolucionario Dominicano. Se le derrocó porque publicó cuentos y artículos en las revistas puertorriqueñas Alma Latina y Puerto Rico Ilustrado y en la revista cubana Carteles, porque publicó la biografía “Hostos, el sembrador”. Se le derrocó, Profesor, porque, contando Ud. con 31 años, el Partido Revolucionario Cubano, por petición de la mayoría de sus diputados y voz de Carlos Prío Socarrás, le encomendó la tarea de redactar las propuestas de los artículos de la nueva Constitución cubana que debían presentar los diputados del PRC; porque usted ocupó, el día de la proclamación de la nueva Constitución, un palco en el hemiciclo del Congreso invitado por la diputación del PRC; porque usted vendió productos farmacéuticos en Cuba fungiendo como visitador a médicos, a la vez que escribía para la radio CMQ de La Habana dos programas: “Los forjadores de América” y “Memorias de una dama cubana”. Se le derrocó porque estas revistas y estaciones de radio (incluyendo RHC Cadena Azul) en las que Ud. escribía y hablaba ejercían una enorme influencia en la opinión pública de los países caribeños de habla hispana. Se le derrocó porque teniendo los mismos 31 años ganó en Santo Domingo el primer premio de los Juegos Florales Hispanoamericanos con su cuento “El socio” y porque en Cuba publicó “Dos pesos de agua”.

A Ud. se le derrocó, Profesor, porque el imperialismo le describía como “un hombre con carácter y fortaleza, inteligente y determinado, y con una habilidad ejecutiva superior”; se le derrocó porque viajó a México ese mismo año como delegado del PRD a la reunión de la Central de Trabajadores de América Latina (CETAL) e hizo amistad con Vicente Lombardo Toledano; porque la denuncia hecha en la CETAL de los crímenes cometidos por el régimen de Trujillo le trajeron como consecuencia que el dictador le declarara traidor a la patria; se le derrocó porque escribió “El río y su enemigo” en La Habana; porque comenzando el año siguiente viajó a Caracas, Venezuela, enviado por el PRD y allí hizo amistad con Rómulo Gallegos y Andrés Eloy Blanco, el más notable de los poetas que había dado Venezuela y a la vez un orador de primera categoría.

A Ud. se le derrocó, Profesor, porque a mediados de 1943 obtuvo el premio Hernández-Catá de Cuba por su cuento “Luis Pie”; porque los padrinos de su boda en La Habana con Carmen Quidiello fueron la gran escritora española María Zambrano y el general Loinaz del Castillo, y además, porque Nicolás Guillén fue testigo de la misma. Se le derrocó por el respeto y la admiración que sentía el Che Guevara por usted y por quien para la época fue uno de sus mejores amigos: Rómulo Betancourt. A Ud. se le derrocó, Profesor, porque obtuvo el Premio Extraordinario Hatuey, otorgado por la Sociedad Colombista Panamericana en La Habana, con motivo del primer centenario de la independencia dominicana. Se le derrocó por viajar a Haití desde Venezuela para solicitarle 25,000 dólares al presidente Lescot para utilizarlos en la lucha contra Trujillo; por integrar para los años 1945-1947 la Junta Revolucionaria que dirigió la expedición contra Trujillo en Cayo Confites, Cuba. Se le derrocó por hacer una campaña denunciando la tiranía de Trujillo en Guatemala, donde se relacionó con el presidente Juan José Arévalo, con Jacobo Arbenz y otras figuras prominentes del país centroamericano.

Se le derrocó, Profesor, por publicar en el 1947 “Ocho Cuentos”; por viajar junto al presidente electo de Cuba Carlos Prío Socarrás a Guatemala, Costa Rica y Venezuela. Se le derrocó por el asalto de Fidel Castro al Cuartel Moncada en Cuba, acción que en su momento le costó la persecución de la policía cubana y que le llevó a asilarse en la Embajada de Costa Rica, donde José Figueres, su amigo, había sido electo presidente. Se le derrocó porque usted salió de Costa Rica y se instaló en Bolivia, debido a las presiones del dictador nicaragüense Somoza; porque después usted viajó a Chile, donde hizo amistad con Salvador Allende, quien con el tiempo correría su misma suerte. Se le derrocó porque en Chile usted creó una fábrica de baterías de automóviles, que luego vendió para dedicarse a escribir; se le derrocó porque aquí escribió “Judas Iscariote, el calumniado”, “La muchacha de la Guaira”, “Cuba, la isla fascinante” y “Cuento de Navidad”.

A Ud. se le derrocó, Profesor, porque fue invitado en 1956 al Congreso de los Trabajadores del Transporte de Viena, donde usted presentó una moción de bloqueo internacional al gobierno de Trujillo. Se le derrocó por haber sido apresado por la policía de Batista en La Habana, Cuba, de donde salió liberado gracias a la presión de un grupo de intelectuales, lo que le llevó a viajar a Caracas, Venezuela, donde inició un ciclo de conferencias sobre la técnica del cuento en la Universidad Central de Caracas, el mismo lugar donde usted habló sobre la dictadura de Trujillo, conferencia esta última que dio origen al libro “Trujillo: causas de una tiranía sin ejemplo”. A usted se le derrocó por escribir “La mancha indeleble” y por publicar en Venezuela “Bolívar, biografía para escolares”. Se le derrocó por ser profesor del Instituto de Educación Política de Costa Rica. Se le derrocó por la carta que escribió en Caracas, y que publicó el diario La Esfera, con fecha 27 de febrero de 1961, en la que usted le decía a Trujillo que el próximo aniversario de la República, o sea, el 27 de febrero de 1962, seria caótico y sangriento, y que de ser así, el caos y la sangre llegarían más allá del umbral de su propia casa (tres meses después de ese día Trujillo era abatido a tiros).

A Ud. se le derrocó, Profesor, por regresar a Santo Domingo el 20 de octubre de 1961, luego de 23 años de exilio; se le derrocó por las palabras que expresara ante los micrófonos de Tribuna Democrática al llegar a la Casa Nacional del PRD ese mismo día: 

“NO HAY CORAZON INFATIGABLE PARA SUFRIR, NO HAY PUEBLO INFATIGABLE PARA PADECER AGRESIONES; LLEGA UNA HORA EN QUE NO SE PUEDE SUFRIR MAS Y EN LA QUE NO SE PUEDE HUMILLAR MAS. ESTAMOS A TIEMPO TODAVIA, Y LO DIGO PARA EL PUEBLO DOMINICANO, Y LO DIGO PARA LOS GOBERNANTES DOMINICANOS, DE EMPRENDER UNA CRUZADA DE CORAZON LIMPIO Y BRAZO FUERTE PARA MATAR EL MIEDO EN ESTE PAIS, PARA QUE TERMINE EL MIEDO DEL PUEBLO AL GOBIERNO Y A LOS SOLDADOS, PARA QUE TERMINE EL MIEDO DE LOS SOLDADOS Y DEL GOBIERNO AL PUEBLO, PARA QUE TERMINE EL MIEDO DE LOS OPRESORES A LA LIBERTAD, Y PARA QUE TERMINE EL MIEDO DE LOS LUCHADORES DE LA LIBERTAD A SUS OPRESORES”.

A Ud. se le derrocó, Profesor, por publicar “Cuentos escritos en el exilio” y “Más cuentos escritos en el exilio”. 

Se le derrocó por ser electo Presidente de la República Dominicana el 20 de diciembre de 1962, al participar usted en esa contienda electoral como candidato del Partido Revolucionario Dominicano. 

A Ud. se le derrocó porque como presidente electo se entrevistó con los presidentes de los Estados Unidos, John F. Kennedy, y de Francia, Charles De Gaulle; porque también se entrevistó con Harold MacMillan, Primer Ministro de Inglaterra. 

A usted se le derrocó por juramentarse como presidente de la República Dominicana ante la Asamblea Nacional el 27 de febrero de 1963; por tomar posesión en traje de calle, sin banda presidencial, sin honores militares, porque usted decía que la democracia tenía que ser humilde, sin llegar a la debilidad; porque usted consideraba que todo el mundo tenía que cumplir la ley; por publicar “David, biografía de un rey”. 

Se le derrocó porque Ud. no fue títere del imperialismo en sus pedidos para que se persiguiera a los izquierdistas de la época; porque se opuso a los privilegios, a la persecución, a la tortura, porque creyó en la libertad, en la dignidad y el decoro del pueblo dominicano a vivir y a desarrollar su democracia con libertades humanas y con justicia social, porque en siete meses de gobierno no se derramó una sola gota de sangre ni se ordenó una tortura, porque evitó que un sólo centavo del pueblo fuera a parar a manos de los ladrones, porque permitió toda clase de libertades, porque estuvo siempre dispuesto a seguir la voluntad del pueblo. 

Se le derrocó, profesor Bosch, porque los cavernarios se resistían a aceptar las reformas sociales, montando una campaña increíble de denuncias de corrupción, que bien podría interpretarse como lo señala Víctor Grimaldi: “¡Corrupción en el gobierno más limpio en la vida dominicana de este siglo!”.

Se le derrocó porque después del fracaso de Kennedy en la invasión de Bahía de Cochinos se haría inevitable la repulsa mundial hacia Estados Unidos si se investigaba la denuncia que el día anterior al golpe Ud. había hecho ante la OEA y salía a relucir que el jefe del Estado norteamericano patrocinaba en territorio dominicano una guerrilla encabezada por León Cantave para derrocar al jefe del Estado haitiano, sin que lo supiera el jefe del Estado dominicano.

A Ud. se le derrocó porque escribiría “El oro y la paz”, “Bolívar y la guerra social”, “Crisis de la democracia de América en la República Dominicana”;porque los bastardos se enterarían que el 27 de mayo de 1964 Ud. le enviaría una carta al Dr. Ramón Pina Acevedo y Martínez en la que le señalaría que la oligarquía se repartiría la herencia de Trujillo, y que la única posibilidad que había para evitarlo era que un sector militar lo impidiese, que un coronel pudiese lanzar soldados a la lucha; se le derrocó porque sería recibido en Puerto Rico por Luís Muñoz Marín; porque junto a militares dominicanos y civiles de vanguardia organizaría y dirigiría la resistencia contra el gobierno de facto; se le derrocó para que al pedido del pueblo por el retorno a la constitución del 1963 las tropas norteamericanas ocuparan militarmente la República Dominicana, bajo pretexto de la infiltración comunista en la revuelta. 



Se le derrocó para que Ud. retornara a la República Dominicana el 25 de septiembre de 1965 y participara en el proceso electoral fijado para el 1 de julio de 1966. Se le derrocó por “comunista”, calificativo que le acompaña hasta nuestros días, y que fue el argumento principal para que -los “gorilas de la paz” y los “policías del mundo” que intervenían el país en el proceso citado-,desaparecieran las urnas que contenían los votos que le retornarían de nuevo al poder por mandato constitucional del pueblo.

A Ud. se le derrocó porque publicaría “El pentagonismo, sustituto del imperialismo”, porque su cuento “En un bohío” sería premiado en Madrid, España, para 1968. 

Se le derrocó porque Ud. sería invitado por el mariscal Joseph Tito a Yugoslavia, porque viajaría a Rumanía. 

Se le derrocó porque publicaría “Tesis de la dictadura con respaldo popular”, porque en París terminaría de escribir “De Cristóbal Colón a Fidel Castro”, porque en los años 1969-1970 Ud. sería invitado por los gobiernos de varios países asiáticos: Corea, Cambodia, China y Viet-Nam. 

Se le derrocó porque Ud. publicaría para 1970 “Breve historia de la oligarquía” y “Composición social dominicana”; porque se abstendría de participar en el circo electoral de ese mismo año; porque publicaría su colección de Estudios Sociales para la capacitación política.

Porque Ud. abandonaría el PRD para fundar el PLD; porque publicaría “Cuentos escritos antes del exilio”, porque en Bruselas Ud. formaría parte del Tribunal Russell para América Latina y presidiría su tercera y última reunión en Roma, del 10 al 17 de enero de 1976. 

Se le derrocó porque Ud. recibiría el Premio Nacional de Novela de la República Dominicana por su obra “El oro y la paz”; porque los escritores e intelectuales de renombre Manuel Maldonado Denis, Gabriel García Márquez, Nicolás Guillén, Miguel Otero Silva, Regis Debray y otros le visitarían en Santo Domingo con motivo de su 70 aniversario; porque Ud. participaría en el Foro Internacional de la Paz que tendría lugar en Viena el 24 de mayo de 1980; se le derrocó porque Ud. diría en un mitin celebrado por el Partido de la Liberación Dominicana en la explanada frontal del Estadio Quisqueya que si Salvador Jorge Blanco resultare triunfador de los comicios de 1982, el pueblo dominicano derramaría lágrimas de sangre; porque Ud. participaría en México en el Encuentro de Intelectuales Latinoamericanos y Norteamericanos “Diálogo de las Américas”. 

Se le derrocó porque sería condecorado con la Orden Félix Varela en 1982; porque ese mismo año publicaría “La guerra de la Restauración”. Se le derrocó porque en 1983 publicaría “El Partido: concepción, organización y desarrollo”; porque en 1985 Ud. participaría en España en la reunión de ex-presidentes de América Latina, España y Portugal, donde se tratarían los temas de la educación, la ciencia y la cultura; porque ese mismo año publicaría usted “La pequeña burguesía en la Historia de la República Dominicana” y “La Fortuna de Trujillo”.

A Ud. se le derrocó, Profesor, porque para las elecciones de 1986 su partido obtendría 2 senadores y 19 diputados; porque publicaría “Capitalismo tardío en la República Dominicana” y “El Estado, sus orígenes y desarrollo”; se le derrocó porque en diciembre de 1987 el Ayuntamiento de La Vega, su ciudad natal, lo declararía “hijo preclaro de la ciudad”; porque para 1988 el PLD adoptaría el boschismo como teoría del Partido; porque ese mismo año Ud. sería condecorado por el gobierno cubano con la Orden José Martí y sería invitado a la Convención del Partido Demócrata de los Estados Unidos; porque recibiría el premio del mejor libro de cuentos extranjeros, de la Fundación FNAC de París, Francia, por su libro “Vers le port d’origine”; porque publicaría “Textos culturales y Literarios”, “Las dictaduras dominicanas”, “Póker de espanto en el Caribe” y “33 Artículos de temas políticos”. 

 Se le derrocó porque para las elecciones de 1990 Ud. saldría electo jefe del Estado dominicano, pero gracias a las peripecias del único dominicano que reporta como ocupación PRESIDENTE en su cédula de identidad personal se le despojó de lo que por voluntad del pueblo le correspondía; se le derrocó porque en este período su partido asumiría el control de la Cámara de Diputados; se le derrocó porque el PLD alcanzaría el poder a partir del 16 de agosto de 1996 que, aunque con deficiencias -producto de un pacto político-, es el que más se acerca a sus ejecuciones de tan solo 210 días.

Se le derrocó, Profesor, por tantas y tantas actividades en favor de los pobres, de la cultura, de la dignidad, de la soberanía, del honor, del decoro que los gorilas nuestros y universales no soportan; actividades que llenan de orgullo a un pueblo, a una región, al universo cuando se encuentran en un solo hombre. 

Los gorilas de aquí y de allá tenían que realizar el intento de marchitar su ejemplo para con la humanidad; tenían que dispararle balas, mentiras, calumnias, destierros, pero su fe inquebrantable en el porvenir de la República Dominicana y de América Latina siempre ha estado por encima de las mezquindades de los obtusos, de los que con poder militar y poder económico se encargan de tergiversar la trayectoria de nuestros pro-hombres.

USTED ES UN EJEMPLO PARA AMERICA Y EL MUNDO. USTED NO HA SIDO PROPUESTO PARA UN PREMIO NOBEL QUIZAS POR HABER NACIDO EN EL CARIBE, “FRONTERA DE LOS IMPERIOS”, QUIZAS POR HABER NACIDO EN UNA ISLA PEQUEÑA, COMPARTIDA Y AISLADA DEL FORO INTERNACIONAL, PERO SEPA USTED QUE EN NUESTRO CORAZON, Y EN EL DE MUCHOS DOMINICANOS Y LATINOAMERICANOS, USTED ES UN PREMIO NOBEL.

A manera de homenaje, ¡UN NOBEL PARA USTED, PROFESOR JUAN BOSCH!

Bibliografía
Bartlow Martin, John: El Destino Dominicano.
Jiménez, Félix: ¿Cómo fue el Gobierno de Juan Bosch?
Bosch, Juan: 33 Artículos de Temas Políticos, El PLD, un Partido Nuevo en América. Póker de Espanto en el Caribe.
Azcárate, Graciela. Díaz Grullón, Virgilio. Durán, Jaime. Vergés, Pedro. Piña, Guillermo: Juan Bosch, un Hombre de Siempre.
Vega, Bernardo: Kennedy y Bosch.
Grimaldi, Víctor: Juan Bosch, el comienzo de la Historia.

CRONOLOGIA Y ANALISIS: Ing. Nemen Hazim
San Juan, Puerto Rico
21 de septiembre de 1997

Escrito y publicado por Ing. Nemen Hazim  


martes, 17 de abril de 2012

Manifestaciones literarias dominicanas en torno a la ocupación militar de los Estados Unidos en 1965


Rita Tejada
Luther College 

Antecedentes históricos de las intervenciones norteamericanas a la República Dominicana
El siglo XX puede caracterizarse como uno de los períodos históricos más turbulentos de la República Dominicana, país que no sólo albergó por treinta años la sangrienta dictadura de Rafael Leónidas Trujillo sino que fue objeto de dos intervenciones por las fuerzas armadas de los Estados Unidos, la primera en el año 1916. Esta primera intervención culminó el 18 de septiembre de 1924.

La intervención norteamericana de 1965, La segunda intervención norteamericana en la República Dominicana, fue producto de una serie de acontecimientos. El primero de estos hechos ocurrió el 30 de mayo de 1961 con el asesinato del dictador Trujillo. Tras este asesinato y la celebración de elecciones democráticas en 1962, siete meses después, el 25 de septiembre de 1963, el presidente Juan Bosch fue víctima de un golpe de estado y salió al exilio. Su gobierno fue sucedido por un triunvirato civil impuesto por las Fuerzas Armadas y la Policía. 

El 24 de abril de 1965 se sublevaron dos guarniciones de las Fuerzas Armadas que querían restaurar el gobierno constitucional de Juan Bosch. Se produjeron confrontaciones entre el bando militar que favorecía a Bosch -denominado bando constitucionalista o rebelde-, y el bando militar que había propiciado el golpe de estado -denominado bando “leal”.  

El 28 de abril, “violando los principios establecidos en la carta de las Naciones Unidas, de la OEA y del Derecho Internacional, los Estados Unidos intervienen unilateralmente al país y comienzan a desembarcar tropas norteamericanas”.

Los argumentos norteamericanos que justificaban esta intervención se resumieron en tres postulados: “la restauración de la ley y el orden, la protección de las vidas de los norteamericanos, y que se evitase el posible triunfo de los comunistas”.         

Durante la insurrección de abril coexistieron en la República Dominicana dos gobiernos: 

El bando constitucionalista formó el Gobierno Constitucionalista, presidido por el coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó como presidente. Este gobierno fue elegido de manera provisional por el Senado del derrocado gobierno de Juan Bosch. 

El bando “leal”, bajo los auspicios de la Embajada de los Estados Unidos y sus representantes en la República Dominicana, formó el Gobierno de Reconstrucción Nacional encabezado por el General Antonio Imbert Barreras. 

La represión ejercida por el bando “leal” confinó al Gobierno Constitucionalista a diecinueve cuadras u ocho barrios de la ciudad de Santo Domingo en la que operaban comandos de civiles y militares constitucionalistas. 

Esta intervención terminó el 21 de septiembre de 1966, fecha en que se completó la retirada de tropas de la llamada Fuerza Interamericana de Paz.

La guerra de abril dividió al pueblo dominicano en dos bandos que se confrontaron militarmente y que produjeron grandes heridas físicas y materiales al país. La escisión fue de tal magnitud que, en muchos casos, se enfrentaron amigos y hasta padres contra hijos que integraban bandos contrarios. 

Fruto de las negociaciones, el Gobierno Constitucionalista y el Gobierno de Reconstrucción Nacional acordaron que, como única salida a la crisis provocada por la intervención, se creara un gobierno provisional. Este gobierno estuvo presidido por Héctor García Godoy. Pero una vez promulgado el cese de fuego entre el bando constitucionalista y el bando “leal”, integrantes de este último grupo, amparados en la impunidad velada concedida por las fuerzas de ocupación, “iniciaron una cacería despiadada, cayendo en ella centenares de combatientes constitucionalistas”.

La revolución de abril y la literatura

La segunda intervención norteamericana generó reacciones en todos los aspectos de la vida dominicana. José Alcántara Almánzar indica que durante la intervención, y del lado del bando constitucionalista, se produjeron manifestaciones artísticas y culturales de diversa índole:

Los pintores hicieron afiches y murales en los que consignaban los objetivos de la guerra popular; los poetas escribieron y leyeron sus nuevos poemas ante las multitudes... El arte que se produjo fue básicamente comprometido con la revolución y, por lo tanto, opuesto a la ocupación norteamericana. 

Alcántara Almánzar denomina la literatura producida durante la ocupación “literatura del estallido”, cuyas características son: “la agresividad, el compromiso con la circunstancia política, la espontaneidad, el carácter de crónica y la capacidad para testimoniar unos hechos sangrientos” 

Los artistas constitucionalistas integraron el Frente Cultural, organización que publicó un folleto de poemas llamado Pueblo, sangre y canto y que contenía, además, una “Declaración de los artistas” donde manifestaban su apoyo al Gobierno Constitucional de Caamaño. A manera póstuma el Frente Cultural también publicó Permanencia del llanto, libro de poemas escritos por Jacques Viaud Renaud, poeta haitiano combatiente del lado constitucionalista y quien murió en la guerra.

En su libro En la revolución constitucionalista, Emilio Rodríguez Demorizi presenta una antología de poemas escritos en medio de la lucha, muchos de ellos publicados en los periódicos La Nación y Patria, editados por el bando constitucionalista.

Algunos de los poemas antologados son los siguientes: 

¡Vuélvete yanqui!

Sócrates Barinas Coiscou
¡Vuélvete yanqui! ¡Vuélvete a tu tierra!
Sobre el dolor dominicano pesa
tu bota miserable. ¡Esta Guerra
es tan mía…! También lo es mi pobreza…
Y en ella tú estás… ¡Cuánto me aterra tu oro envilecido y qué tristeza ver tu insaciable garra que se aferra a este altar de valor y de grandeza!

 (fragmento)

Corral sombrío para invasores     

Miguel Anfonseca
Morirán sin los abetos de Vermont.
Morirán sin los grandes pastos rizados por el viento,
sin los frescos terrones de California
ni la cordillera del Oeste,
donde el cielo es un pálido patriarca en mansedumbre.
Morirán sobre una tierra que no es suya,
entre unos hombres de distinta lengua,
ojos diferentes  
Y distinto corazón.
Porque son invasores.
Destrozan nuestros niños
Y aúllan las raíces del planeta.
Matan nuestras madres
y el mundo gime pateado en los ovarios. 

(fragmento)

Un ramo de rosas para el general

René del Risco
Un ramo de rosas para el General…
Un ramo de rosas de sangre para el General.
Rosas de sangre muerta…
De sangre caída, goteada, chorreada…
De sangre de la cabeza, del pecho, del vientre, de las manos,
de sangre detenida al fin
De sangre muerta…
Yo quiero un ramo de rosas para el General

Graduado en West Point.
Un General de duras botas
Y ojos de mar peligroso profundo…
Yo le pondre en las manos
Un ramo de rosas de sangre
Y de lágrimas sucias…
¡Bien las merece el General!
Por sus grandes medallas ganadas en Korea,
Por sus escudos lavados
En los ríos de Vietnam 
(fragmento)

Los constitucionalistas también llegaron a tener un Himno de la Revolución que las masas se aprendieron y cantaban en los mítines multitudinarios que se celebraban en la zona que ocupaba el Gobierno Constitucionalista.

Héctor Amarante indica que el Movimiento Cultural Universitario, organización que surge tras la muerte de Trujillo y disminuye su actividad a raíz del golpe de estado a Juan Bosch, reaparece durante la guerra de abril y mantiene su incidencia en la vida cultural del país al organizar en 1968 un concurso literario muy importante para la generación de intelectuales de 1965.

En los años posteriores a la guerra de abril se escribió mucho sobre el conflicto del año 1965, dando origen al surgimiento de una literatura de postguerra. A este respecto, Pedro Conde dice: La nueva literatura criolla empezó a gestarse a raíz del tiranicidio de mayo, pero debe su impulso vital a la revolución de 1965. 

De muchas maneras, la joven generación de autores es un producto directo, potencial y anímicamente resultante de la revolución de abril. Por eso nuestra actividad literaria está y estará durante mucho tiempo influenciada, y casi determinada, por los hechos de abril, aún cuando su temática no sea necesariamente belicista. 

Tras la revolución de abril, y según sus convicciones políticas, los escritores e intelectuales dominicanos se agruparon en asociaciones culturales. El primero de estos grupos fue El Puño, fundado por René del Risco, Miguel Alfonseca, Iván García y Armando Almánzar. Más tarde se le unieron Marcio Veloz Maggiolo, Enriquillo Sánchez, Rubén Echavarría, Ramón Francisco, Antonio Lockward Artiles, “los pintores Norberto Santana, José Ramírez y el crítico de artes plásticas Arnulfo Soto” 
Juan José Ayuso indica que El Puño se formó como una manera de prolongar el papel que había desempeñado el Frente Cultural durante la ocupación. 

El Puño no tuvo una revista pero sus miembros publicaron en el suplemento cultural del periódico El Nacional y participaron en los concursos literarios auspiciados por el grupo cultural La Máscara.

Fruto de la disidencia en El Puño surge La Isla, agrupación presidida por Antonio Lockward Artiles y que contó entre su membresía a Pedro Caro, Andrés L. Mateo, Wilfredo Lozano, José Ulises Rutinel y Norberto James Rawlings. Este grupo publicó un manifiesto-programa y libros de poesía, tuvo programas en la radio y ofreció conferencias. Andrés L. Mateo describe su participación en este grupo en los siguientes términos: La Isla era un grupo que pretendió hacer literatura a partir de consideraciones estéticas vinculadas con el proceso social. 

Después del año 65, la sociedad dominicana se dividió con una profundidad tal, que todos los grupos se organizaban alrededor de la expresión ideológica que creían representar. Antes del año 65, después de la muerte de Trujillo, había un simplismo ético porque la sociedad se dividía entre trujillistas y antitrujillistas. En apariencia esa no era una división social adecuada y los acontecimientos que se ven en 1965, es decir, la guerra de abril, la intervención norteamericana, el proceso de composición de los partidos, origina que aparezcan entonces las agrupaciones fundadas en la valoración ideológica; y también los grupos culturales y literarios se organizaron de manera similar a como la sociedad se había dividido. 
La Isla era un grupo que pretendió representar, desde el punto de vista estético-político, el costado más revolucionario de la sociedad. Éramos casi todos provenientes de la izquierda política dominicana y habíamos estado en la guerra del 65 como combatientes. Teníamos experiencia de participación en la lucha social y habíamos considerado que también el arte y la literatura eran vehículo de transmisión de estas ideas liberacionistas y una trinchera desde la cual se podía combatir.
En 1967 se crea La Antorcha, grupo formado por Mateo Morrison, Enrique Eusebio, Alexis Gómez, Soledad Álvarez y Rafael Abréu Mejía. Mateo Morrison cita como una experiencia productiva la participación en este grupo, ya que le permitió intercambiar ideas con personas que tenían sus mismas inquietudes y hacer estudios de literatura. 

Aquiles Azar dirigió La Máscara, no propiamente un grupo literario sino una organización que se dedicó a fomentar concursos de cuentos desde 1966 hasta 1971.

Estas agrupaciones culturales que se prodigaron desde 1965 hasta 1969 desaparecieron por diversas circunstancias: Al calor de (...) disyuntivas éticas, de (...) contradicciones dialécticas, se crearon y se disolvieron [estos] grupos literarios que mantenían doctrinas políticas y lineamientos estéticos distintos (...), grupos que terminaron rivalizando tanto por discrepancias teóricas como por antagonismos ideológicos”. 

La generación literaria de la década del ‘60

Juan José Ayuso señala que los grupos que surgieron tras el conflicto de abril estuvieron integrados en forma mayoritaria por la llamada Generación del 60.

Miguel Collado precisa que la Generación del 60 debe entenderse como la fusión de la promoción literaria que surge antes de 1965 y la promoción de postguerra. Collado apunta que muchos escritores de esa década comenzarían su labor de publicación en la década siguiente, en los ‘70.

Bruno Rosario Candelier y Alberto Peña Lebrón dividieron a los poetas de la década del ‘60 en dos generaciones: Generación del 60 y Generación de postguerra (1965). 

Esta generación posbélica también ha sido denominada Joven Poesía Dominicana (Alcántara Almánzar, “Sobre literatura”.

La revolución de abril marca la división entre la literatura dominicana tradicional y la literatura dominicana moderna que, si no diferente en lo cualitativo, produjo una manera distinta de presentar el hecho literario (Alcántara Almánzar, “Abril del 65”. 

Ramón Francisco (Literatura dominicana 60) insiste en que, por primera vez, la literatura dominicana de esa década “estaba al día” con la literatura que se estaba haciendo en otras latitudes. El destaca que esta generación introdujo técnicas literarias nuevas hasta el momento en la literatura dominicana, tales como uso de superposiciones espaciales y temporales, combinación de primera, segunda y tercera personas en un mismo plano narrativo, fluir de conciencia, dislocación de la sintaxis. En otras palabras, el “boom” latinoamericano influenció enormemente la literatura dominicana escrita después de 1960.

La ciudad y la problemática urbana sustituyen casi por completo el tema rural, pues los escritores crecen y viven en centros urbanos (Alcántara Almánzar, “Narrativa social” 65).

Una característica muy importante que Alberto Baeza Flores atribuye a los poetas de 1965 y que puede considerarse un elemento común a todos los intelectuales que escribieron durante y después de la guerra es el hecho de que escriben sin trabas, sin temor a ser censurados como ocurrió en pasados regímenes de gobierno.

Los escritores dominicanos enfocan el conflicto provocado por la guerra desde sus diversas perspectivas personales, que comprenden la nota angustiosa ante la derrota, la nostalgia, la frustración, el testimonio vivencial. Los géneros que privilegiaron fueron la poesía y el cuento, pero también en la novela y la obra de teatro se vieron algunos frutos.

Manuel Rueda, quien se mantuvo al margen de los acontecimientos de la guerra de abril, estrenó la obra teatral Entre alambradas en 1966. Iván García publica su libro de obras teatrales Más allá de la búsqueda en 1967.

En cuanto a la novela, Bruno Rosario Candelier elige la fecha de 1975, año en que Marcio Veloz Maggiolo publica su novela De abril en adelante, como punto de partida de la nueva novela dominicana. Merecen destacarse, además, la novela La otra Penélope de Andrés L. Mateo y Currículum: el síndrome de la visa, de Efraim Castillo. Otras novelas que se refieren a la segunda intervención norteamericana son Juego de dominó de Manuel Mora Serrano, Cuando amaban las tierras comuneras de Pedro Mir, Tracaveto de Francisco Nolasco, Los acorralados de Felipe Collado, Vendaval de Alberto Vásquez Figueroa, Las bodas de Rosaura con la primavera de Tony Raful, Ritos de cabaret de Marcio Veloz Maggiolo y Los amantes de abril de Manuel Matos Moquete.

En el desarrollo de su literatura, los dominicanos no han podido dejar a un lado el hecho histórico, pasado o reciente. Las circunstancias políticas condicionan al escritor dominicano quien, aún viviendo en regímenes tildados de democráticos debe condicionar su escritura a la historia dominicana y a la existencia de los personajes que la hicieron. Un ejemplo de esta escritura condicionada se infiere en la reciente proliferación de textos sobre la Era de Trujillo, lo que se atribuye a la desaparición física de muchos de los personeros de la dictadura en los últimos años.

Con la literatura de la segunda intervención norteamericana podemos decir, sin embargo, que la división política de los dos bandos otorgó al escritor dominicano la oportunidad de hacer catarsis, de ‘purgar’ el hecho histórico en su momento y de impactar su quehacer literario al generar una amplia literatura cuyos ecos aún persisten en la producción escrita de la República Dominicana.

GRUPOS LITERARIOS

Movimiento Cultural Universitario (1961)         
La Isla (1966)
Frente Cultural (1965)                                                
La Antorcha (1967)
El Puño (1966)                                                                
La Máscara (1968)   
      
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Los textos dominicanos se refieren a esta intervención como la guerra de abril, la revolución de abril, la intervención del 65, la insurrección de abril o Abril, términos que utilizamos indistintamente en este ensayo.

Jorge A. Moreno y Piero Gleijeses utilizan este término que, según ellos, se refiere a la defensa de los intereses del sistema oligárquico que este bando militar había ayudado a instaurar tras el golpe de estado contra Bosch. “Los regulares” es otro término usado y que hace alusión a la pertenencia de todos sus miembros a las tropas militares de la nación.

Sobre estos comandos, Moreno indica: “the commandos, which had originally started as a means of self-protection and an expression of solidarity among members of informal groups, became the most powerful instrument of defense in the hands of the rebels. By the end of May there were in the city 117 commando posts in which five thousand men lived, ate, and slept together. These men, most of them civilians, were closely supervised and controlled by the Caamaño government, from which they received leadership and to which they gave military support”.

Andrés L. Mateo, entrevista.

Mateo Morrison, entrevista.

lunes, 16 de abril de 2012

DEBILIDAD DE LA FUERZA


  JUAN BOSCH: las revoluciones las han perdido los más fuertes.

Una revolución tiene su origen en fenómenos peculiares de su medio social, económico y político, y tiene su fuerza en el corazón  en el cerebro de las gentes. Ninguno de esos dos factores de una revolución puede ser medido por computadores electrónicos. Tradicionalmente, las revoluciones las han perdido los más fuertes. Las trece colonias americanas eran más débiles que Inglaterra, y le ganaron la revolución de Independencia; el Pueblo francés era más débil que la monarquía de Luis XVI y le ganó la revolución del siglo XVIII; Bolívar era más débil que Fernando VII, y le ganó la revolución de América del Sur; Madero era más débil que Porfirio Díaz y le ganó la revolución de 1910; Lenin era más débil que el Gobierno ruso, y le ganó la revolución de 1917. Todas las revoluciones triunfantes a lo largo de la historia, sin una sola excepción; han sido más débiles que los gobiernos combatidos por ellas.
Una revolución, pues, no puede medirse en términos de poderío militar; hay que apreciarla con otros valores.

  Para saber si una revolución es verdaderamente una revolución y no un mero desorden o una lucha de caudillos por el poder, hay que estudiar sus causas, la posición que han tomado en ella los diferentes sectores sociales, y determinar su tiempo histórico. Una revolución, pues, no puede medirse en términos de poderío militar; hay que apreciarla con otros valores.
Para saber si una revolución es verdaderamente una revolución y no un mero desorden o una lucha de caudillos por el poder, hay que estudiar sus causas, la posición que han tomado en ella los diferentes sectores sociales, y determinar su tiempo histórico.
  
  Al entrar en su tercer mes, la Revolución Dominicana, que había estado durante dos meses  circunscrita a la capital de la república, comenzó a extenderse por el interior del país. Esto era inevitable, dado que una revolución no es una simple operación militar que pueda ser contenida por fuerzas militares dentro de límites determinados. Era inevitable, pero es inexplicable que en Washington nadie se diera cuenta de ello.
Al embotellar la revolución dentro de una parte de la ciudad de Santo Domingo, el Gobierno de los Estados Unidos hizo cálculos en términos de fuerza: los revolucionarios son tantos hombres con tales armas, y por tanto podemos dominarlos e inmovilizarlos con tantos hombres y tal equipo. Llegar a conclusiones en términos de fuerza es fácil, sobre todo hoy, y sobre todo en los Estados Unidos, donde una batería de computadores electrónicos da las respuestas adecuadas a problemas de esa índole en pocos minutos y tal vez en pocos segundos.
Pero una revolución es un hecho histórico que no ofrece posibilidad de cálculos de esa naturaleza, porque escapa a las definiciones aritméticas. Una revolución tiene su origen en fenómenos peculiares de su medio social, económico y político, y tiene su fuerza en el corazón  en el cerebro de las gentes. Ninguno de esos dos factores de una revolución puede ser medido por computadores electrónicos.
La de Santo Domingo fue —y es— una típica revolución democrática a la manera histórica de la América Latina y se originó en factores sociales, económicos y políticos que eran y son al mismo tiempo dominicanos y latinoamericanos. Para situarla en el contexto latinoamericano, su patrón más cercano en el tiempo es la revolución mexicana de 1910, aunque no debía ni debe esperarse que fuera exactamente igual a esa revolución de México. En términos históricos, nada es igual a nada.
A pesar de que habían transcurrido cincuenta y cinco años desde que estalló la revolución mexicana hasta que comenzó la dominicana, y a pesar de que en ese largo tiempo —más de medio siglo— se han extendido por el mundo los estudios políticos, sociales, económicos e históricos, los Estados Unidos actuaron ante la Revolución Dominicana de 1965 en forma casi igual a como hicieron ante la revolución mexicana de 1910. En 1965 se ha aducido el peligro comunista como razón de la intervención militar en Santo Domingo; en 1910 no podía usarse ese pretexto para desembarcar tropas en Veracruz porque entonces no existía el peligro comunista.
¿Por qué la actuación ha sido tan parecida?  Porque tradicionalmente el mundo oficial norteamericano se ha opuesto a las revoluciones democráticas en la América Latina. Con la excepción de los años de Kennedy, la política exterior norteamericana en la América Latina ha sido la de entenderse con los grupos de poder y la de usar la fuerza para respaldar a esos grupos. Durante los años de Franklyn Delano Roosevelt se abandonó el uso de la intervención armada, pero no se abandonó el apoyo a los grupos dominantes, y todavía en el caso de la revolución cubana de 1933 se hicieron presentes los buques de guerra norteamericanos en aguas de Cuba como un recordatorio ominoso. Fue John Fitzgerald Kennedy quien transformó los viejos conceptos y puso en práctica una nueva política, pero desaparecido él, volvió a imponerse el criterio de que el poder se ejerce sólo a través de la fuerza.
Esta idea parece no ser correcta. La fuerza como expresión única de poder tiene sus límites: es un instrumento idóneo cuando se enfrenta a la fuerza, pero no lo es cuando se enfrenta a fenómenos que tienen su origen en las bases más profundas de las sociedades. Stalin pudo haber tenido razón al decir, durante la última guerra mundial, que esa guerra sería ganada por el país que fabricara más motores; pues la lucha de 1939-1945 fue llevada a cabo entre poderes militares organizados, y el poder de cada uno de ellos se medía en términos de fuerza, de divisiones, de cañones, de bombas.
Pero una revolución no es una guerra, y hasta se conocen revoluciones que se han hecho sin que haya mediado un disparo de fusil. Tradicionalmente, las revoluciones las han perdido los más fuertes. Las trece colonias americanas eran más débiles que Inglaterra, y le ganaron la revolución de Independencia; el Pueblo francés era más débil que la monarquía de Luis XVI y le ganó la revolución del siglo XVIII; Bolívar era más débil que Fernando VII, y le ganó la revolución de América del Sur; Madero era más débil que Porfirio Díaz y le ganó la revolución de 1910; Lenin era más débil que el Gobierno ruso, y le ganó la revolución de 1917. Todas las revoluciones triunfantes a lo largo de la historia, sin una sola excepción; han sido más débiles que los gobiernos combatidos por ellas.
Una revolución, pues, no puede medirse en términos de poderío militar; hay que apreciarla con otros valores.
Para saber si una revolución es verdaderamente una revolución y no un mero desorden o una lucha de caudillos por el poder, hay que estudiar sus causas, la posición que han tomado en ella los diferentes sectores sociales, y determinar su tiempo histórico. En Washington nadie estudió estos aspectos de la Revolución Dominicana. En Washington se recibieron noticias de que el sábado 24 de abril, a mediodía, había habido cierta inquietud en algunos cuarteles de Santo Domingo y en el Pueblo; un poco más tarde se supo que el jefe del ejército había sido hecho preso por sus subalternos, y en el acto se pensó en desembarcar fuerzas militares norteamericanas en el pequeño país antillano.
Eso lo dijo el propio presidente Johnson al afirmar en una conferencia de prensa que “as a matter of fact, we landed our people in less than one hour from the time the decision was made. It was a decision we considered from Saturday until Wednesday evening”. (TheNew York Times, Friday, June 18, 1965. Pág. 14 L).
Desde el sábado, pues, el Gobierno de los Estados Unidos consideró necesario desembarcar tropas en Santo Domingo; y ese día el Gobierno de los Estados Unidos no sabía qué clase de revolución estaba desarrollándose o iba a desarrollarse en la República Dominicana. Es evidente que la actitud del Gobierno norteamericano era la de defender el statu-quo dominicano, sin tomar en cuenta la voluntad del Pueblo dominicano. La reacción en Washington fue, pues, la habitual; el grupo dominante en la República Dominicana estaba amenazado y había que defenderlo. Ese grupo dominante era sin duda pronorteamericano, pero también era antidominicano, y en grado sumo. 
En 19 meses de gobierno, el régimen predilecto de Washington había desmantelado la economía dominicana, había establecido un sistema de corrupción no visto en el país desde el siglo pasado y además se burlaba todos los días de las esperanzas del Pueblo en una solución democrática. Cuando los revolucionarios tomaron en la mañana del domingo día 25 de abril el Palacio Nacional, hallaron allí montones de carteles de propaganda para la campaña política de Donald Reid Cabral, que había resuelto continuar en el poder mediante elecciones amañadas.
La Revolución Dominicana de abril no fue un hecho improvisado. Era un acontecimiento histórico cuyos orígenes podían verse con claridad. En realidad, esa revolución estaba en marcha desde fines de 1959, y fue manifestándose gradualmente, primero con una organización clandestina de jóvenes de la clase media que fue descubierta a principios de 1960, después con la muerte de Trujillo en mayo de 1961, más tarde con las elecciones de diciembre de 1962 y por último con la huelga de mayo de 1964. El golpe de Estado de septiembre de 1963 no podía detener esa revolución. Fue una ilusión de gente ignorante en achaques de sociología y de política pensar que al ser derrocado el Gobierno que yo presidí la revolución quedaba desvanecida. Fue una ilusión creer, como consideraron los que formulan en Washington la política dominicana, que una persona de buena sociedad y de los círculos comerciales era el hombre indicado para dominar la situación dominicana. Fueron precisamente el uso de la fuerza y la frivolidad del favorito de Washington —Donald Reid Cabral— los factores que aceleraron el estallido de la revolución de abril.
La Revolución Dominicana tenía causas no sólo profundas, sino además viejas. La falta de libertades de los días de Trujillo y el desprecio a las masas del Pueblo volvieron a gobernar el país a partir del golpe de Estado de 1963; el hambre general se agravó con la política económica sin sentido del equipo encabezado por Reid Cabral, y la corrupción trujillista resultó a la vez más extendida y más descarada que bajo la tiranía de Trujillo. Se pretendió volver al trujillismo sin Trujillo, un absurdo histórico que no podía subsistir. La clase media y las grandes masas se aliaron en un mismo propósito; barrer ese pasado ignominioso que había renacido en el país y retornar a un estado de ley y de honestidad pública.
Veamos ahora el punto que toca al tiempo histórico. Lo que le da carácter peculiar a la historia de Santo Domingo es lo que en otras ocasiones he llamado su “arritmia”. Los acontecimientos dominicanos suceden en un tiempo que no corresponde al tiempo histórico general de la América Latina.
El momento histórico en que se hallaba la República Dominicana en abril de 1965 era el equivalente de 1910 en México, y es curioso que los Estados Unidos actuaran sobre Santo Domingo, en cierto sentido, como lo hicieron sobre México en 1910, aunque alegaran para ello que en Santo Domingo estaba en marcha una segunda Cuba.
Pero en Santo Domingo no podía estar en marcha en abril de 1965 una segunda Cuba como no podía producirse en México de 1910. Lo que había estallado en la República Dominicana en abril de 1965 era —y es— una revolución democrática y nacionalista; y el 1965 era el momento histórico exacto para que los dominicanos iniciaran su revolución democrática y nacionalista.
En términos de 1965, una revolución democrática no debe ser, y no puede ser, una mera lucha por las libertades públicas. Eso equivaldría a combatir para conquistar solamente una democracia política, y ningún pueblo latinoamericano de hoy puede conformarse con una democracia que no ofrezca al mismo tiempo que libertades políticas, la igualdad social y la justicia económica. Por otra parte, el nacionalismo es un sentimiento que se origina en la necesidad vehemente de hacer progresar en todos los órdenes el propio país, en la necesidad de afirmar la conciencia nacional en el campo económico, en el político y en el moral, y toda revolución verdadera, sobre todo si es democrática, tiene un alto contenido de nacionalismo.
Para no equivocarse en el caso de la Revolución Dominicana de 1965 bastaba con situarla en su tiempo histórico. Eso hubiera servido también para evitar el costoso error político de considerar que era una revolución comunista o en peligro de derivar hacia el comunismo.
El precio que pagarán los Estados Unidos por ese error será alto, y a mi juicio lo veremos en nuestro propio tiempo. Un índice de la magnitud del error es el tamaño de la fuerza usada originalmente para embotellar la revolución. Los Estados Unidos, que en el mes de abril tenían en Viet Nam 23 mil hombres, desembarcaron en Santo Domingo 42 mil. Para los funcionarios de Washington, los sucesos de la República Dominicana eran de naturaleza tan peligrosa que se prepararon como si se tratara de llevar a cabo una guerra de la que dependía la vida misma de los Estados Unidos. Siempre recordaré como un síntoma de esa enorme equivocación un detalle de la densa propaganda hecha por el departamento de guerra psicológica, el del famoso submarino ruso capturado en el puerto de la vieja capital dominicana. Ese submarino desapareció misteriosamente tan pronto llegaron a Santo Domingo los primeros periodistas norteamericanos independientes, pero sigue navegando en las aguas del rumor interesado.
La fuerza de los Estados Unidos se usó en el caso de la Revolución Dominicana de una manera absolutamente desproporcionada. Un pueblo pequeño y pobre que estaba haciendo el esfuerzo más heroico de toda su vida para hallar su camino hacia la democracia fue ahogado por montañas de cañones, aviones, buques de guerra, y por una propaganda que presentó ante el mundo los hechos totalmente distorsionados. La revolución no fusiló una sola persona, no decapitó a nadie, no quemó una iglesia, no violó a una mujer; pero todo eso se dijo, y se dijo en escala mundial; la revolución no tuvo nada que ver ni con Cuba ni con Rusia ni con China, pero se dio la noticia de que 5 mil soldados de Fidel habían desembarcado en las costas dominicanas, se dio la noticia de que había sido capturado un submarino ruso y se publicaron “fotos” de granadas enviadas por Mao Tse-Tung.
La reacción norteamericana ante la Revolución Dominicana fue excesiva, y para comprender la causa de ese exceso habría que hacer un análisis cuidadoso de los resultados que puedan dar la fe en la fuerza y el uso ilimitado de la fuerza en el campo político, y convendría hacer al mismo tiempo un estudio detallado del papel de la fuerza cuando se convierte en sustituto de la inteligencia.
En el caso de la Revolución Dominicana, el empleo de la fuerza por parte de los Estados Unidos comenzó a tener malos resultados inmediatamente, no sólo para el Pueblo dominicano sino también para el Pueblo norteamericano. Con el andar de los días, esos resultados serán peores para los Estados Unidos que para Santo Domingo.
Pero mantengámonos ahora dentro del límite estrecho de los daños causados a Estados Unidos en Santo Domingo. Por de pronto, la Revolución Dominicana, que hubiera terminado en el propio mes de abril a no mediar la intervención de los Estados Unidos, quedó embotellada y empezó a generar fuerzas que no estaban en su naturaleza, entre ellas odio a los Estados Unidos. Ese odio no se extinguirá en mucho tiempo.
El nacionalismo sano de la revolución irá convirtiéndose a medida que pasen los meses en un sentimiento antinorteamericano envenenado por la frustración a que fue sometida la revolución. Y es una tontería insigne considerar que el nacionalismo de los pueblos pequeños y pobres puede ignorarse, desdeñarse o doblegarse. La más poderosa de las armas nucleares es débil al lado del nacionalismo de los pueblos pequeños y pobres. El nacionalismo es un sentimiento profundo, casi imposible de desarraigar del alma de las sociedades una vez que aparece en ellas, y ese sentimiento, según lo demuestra la historia, lleva a los hombres a desafiar todos los poderes de la tierra. Ahora bien, cuando el nacionalismo democrático es ahogado o estrangulado, pasa a ser un fermento, tal vez el más activo, para la propagación del comunismo. Estoy convencido de que el uso de la fuerza de los Estados Unidos en la República Dominicana producirá más comunistas en Santo Domingo y en la América Latina que toda la propaganda rusa, china o cubana.
La fuerza, en su caso, fue empleada para impedirles que alcanzaran su democracia. Para muchos norteamericanos esto no es y no será cierto, pero yo estoy exponiendo aquí lo que sienten y sentirán por largos años los dominicanos, no las intenciones norteamericanas.
Debido a que la fuerza nunca es tan fuerte como creen quienes la usan, los Estados Unidos tuvieron que recurrir en Santo Domingo a un expediente que les permitiera usar la fuerza sin exponerse a las críticas del mundo; y eso explica la creación de la junta cívico-militar encabezada por Antonio Imbert. Esa junta, como es de conocimiento general, fue la obra del embajador John Bartlow Martin, es decir, de los Estados Unidos; y pocas veces en la historia reciente se ha cometido un error tan costoso para el prestigio de los Estados Unidos como el que se cometió al poner en manos del señor Imbert parte de las fuerzas armadas dominicanas y al proporcionarles como justificación para sus crímenes el argumento de estar combatiendo el comunismo en Santo Domingo.
Las matanzas de dominicanos y extranjeros —entre los últimos, un sacerdote cubano y uno canadiense— realizadas por las fuerzas de Imbert bajo el pretexto de que estaban aniquilando a los comunistas, quedarán para siempre en la historia dominicana cargadas en la cuenta general de los Estados Unidos y en la particular del señor Martin. Esas matanzas fueron hechas mientras estaban en Santo Domingo las fuerzas norteamericanas; y además el embajador Martin sabía quién era Imbert antes de invitarlo a encabezar la junta cívico-militar.
La tiranía de Imbert fue establecida a ciencia y conciencia, y después de la tiranía de Trujillo no había excusa que pudiera justificar el establecimiento de la de Imbert.
La revolución no fusiló a nadie ni decapitó a nadie; pero las fuerzas de Imbert han fusilado y decapitado a centenares, y aunque a esos crímenes no se les ha dado la debida publicidad en los Estados Unidos, figuran en los expedientes de la Comisión de los Derechos Humanos de la OEA y de las Naciones Unidas, con todos sus horripilantes detalles de cráneos destrozados a culatazos, de manos amarradas a la espalda con alambres, de cadáveres sin cabezas flotando en las aguas de los ríos, de mujeres ametralladas en los “paredones”, de los dedos destruidos a martillazos para impedir la identificación de los muertos. La mayor parte de las víctimas fueron miembros del Partido Revolucionario Dominicano, un partido reconocidamente democrático, pues la función de la llamada democracia de Imbert es acabar con los demócratas en la República Dominicana. Parece un sangriento sarcasmo de la historia que los crímenes que se le achacaron a la revolución sin haberlos cometido, hayan sido cometidos por un falso gobierno creado por los Estados Unidos sin que eso conmueva a la opinión norteamericana.
La mancha de esos crímenes no caerá toda sobre Imbert, que al fin y al cabo es un ave de paso en la vida política dominicana; caerá también sobre los Estados Unidos y, por desgracia, sobre el concepto genérico de la democracia como sistema de gobierno. O yo no conozco a mi pueblo, o va a ser difícil que a la hora de determinar responsabilidades los dominicanos de hoy y de mañana sean indulgentes con los Estados Unidos y duros solamente con Imbert. En general, va a ser difícil salvar a los Estados Unidos de responsabilidad en todos los males futuros de Santo Domingo, aún de aquellos que se hubieran producido naturalmente si la revolución hubiera seguido su propio curso.
El Pueblo dominicano no olvidará fácilmente que los Estados Unidos llevaron a Santo Domingo el batallón nicaragüense “Anastasio Somoza”, el émulo centroamericano de Trujillo; que llevaron a los soldados de Stroessner, los menos indicados para representar la democracia en un país donde acababan de morir miles de hombres y mujeres del Pueblo, peleando por establecer una democracia; que llevaron a los soldados de López Arellano, que es para los dominicanos una especie de Wessin y Wessin hondureño. En todos los textos de historia dominicana del porvenir figurará en forma destacada el bombardeo a que fue sometida la ciudad de Santo Domingo durante 24 horas los días 15 y 16 de junio.
Todos estos puntos a que me he referido a la ligera son consecuencias del uso de la fuerza como instrumento de poder en el tratamiento de los problemas políticos. Una apreciación inteligente de los sucesos de Santo Domingo hubiera evitado los males que ha producido y producirá el uso de la fuerza que se desplegó en el caso dominicano.
Para la sensibilidad de los pueblos de la América Latina, para su experiencia como víctimas tradicionales de gobiernos de fuerza, todo empleo excesivo e injusto de la fuerza provoca sentimientos de repulsión. Desde el punto de vista de los latinoamericanos, los Estados Unidos cometieron en Santo Domingo el peor error político de este siglo. El presidente Johnson dijo que los infantes de marina de su país habían ido a Santo Domingo a salvar vidas, pero lo que puede asegurar el que conozca la manera de sentir de los latinoamericanos es que esos infantes de marina destruyeron en todo el Continente la imagen democrática de los Estados Unidos. Es que parece estar en la propia naturaleza de la fuerza destruir en vez de crear, y cuando se usa en forma excesiva e inoportuna, la fuerza tiende a destruir a quien la usa.
Una revolución puede detenerse con la fuerza, pero sólo durante cierto tiempo. En muchos sentidos, las revoluciones son terremotos históricos incontrolables, sacudimientos profundos de las sociedades humanas que buscan su acomodo en la base de su existencia. Y la Revolución Dominicana de abril de 1965 fue —y es— una revolución auténtica. Por lo menos eso creen los que tienen razones para conocer la historia, las fallas, las angustias y las esperanzas dominicanas, es decir los dominicanos que las hemos estudiado y estamos vinculados al destino de aquel pueblo por razones tan justas y tan honorables como puede estar vinculado el mejor de los norteameicanos al destino de los Estados Unidos.
Puerto Rico.
29 de junio de 1965