lunes, 16 de abril de 2012

La desgarradora obra de Piero Gleijeses

“La Esperanza Desgarrada” es considerada como el mejor y más desgarrador relato de la revolución constitucionalista y de la invasión norteamericana de 1965

JUAN BOLÍVAR DÍAZ (juanbolivardiaz@gmail.com) 

A casi medio siglo de la revolución constitucionalista y la invasión norteamericana que la aplastó, el académico ítalo-norteamericano Piero Gleijeses presenta un apasionante y desgarrador relato,  contextualizado y profundo sobre ese relevante capítulo de la historia dominicana. 

Basado en una extensa investigación que incluyó entrevistas con los principales actores y en documentación recién desclasificada por Estados Unidos, se proyectan heroicidades y miserias humanas, pero sobre todo la paranoia que pautó la política norteamericana tras el triunfo de la revolución cubana en 1959.

Una extensa investigación.  El origen de La Esperanza Desgarrada se remonta a los finales de la década de los sesenta cuando el joven italiano Piero Gleijeses escogió la revolución constitucionalista y la intervención norteamericana como tema de su tesis doctoral en el Departamento de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales del Instituto Universitario de Altos Estudios Internacionales de Ginebra, Suiza. 

El autor vivió en el país por más de un año, realizando entrevistas a los principales actores de los acontecimientos que marcaron la vida dominicana tras la liquidación de la tiranía de Trujillo, logrando acceso a los archivos de varios de los principales y la colaboración de historiadores y académicos. La investigación fue publicada en inglés en 1978, cuando Gleijeses ya era investigador y profesor de la Escuela de Altos Estudios Internacionales de Johns Hopkins University en Washington, con el título La Crisis Dominicana. En 1982 fue editada en español en México.   

Pero el académico nunca dio por concluida su investigación, sobre todo porque con el paso del tiempo se han ido desclasificando muchos documentos oficiales de la política estadounidense de esa etapa, por lo que La Crisis Dominicana se convierte en La Esperanza Desgarrada, publicada por primera vez en La Habana, en septiembre pasado. Gleijeses dice que lo que ofrece ahora, en la primera edición dominicana de su obra,  “no es un viejo edificio con una nueva mano de pintura, sino un edificio nuevo, una edición profundamente revisada”.  Pero advierte que sus conclusiones sobre lo que pasó en el país en 1965  “no han cambiado ni una jota”, aunque en torno a la política estadounidense se han modificado algo. “Los documentos desclasificados en los EE.UU. arrojan una luz muy intensa sobre la política de Washington hacia la República Dominicana y hacia América Latina. Esa política aparece más escuálida, etnocéntrica y, para hablar sin rodeos,  cruel y torpe de lo que había pensado”.

La paranoia política de EU.  Piero Gleijeses muestra cómo el desembalse libertario de 1961 pone en jaque el tutelaje y hace fracasar los intentos norteamericanos de “nicaraguización” de la nación dominicana, pero que tienen éxito en impedir el desmonte del armazón de dominación trujillista para terminar frustrando el ensayo democrático del presidente Juan Bosch, cuyo pecado fue reivindicar unos derechos fundamentales y unas normas democráticas que Estados Unidos no estaba en disposición de respetar. Ni siquiera en capacidad de asumir para sí, porque todavía entonces era una sociedad racialmente segregada.

La obra describe el pánico, la paranoia que se apoderó de la política norteamericana tras la revolución de Fidel Castro, lo que pautaría la vida dominicana por muchos años. El tutelaje se extendió por todo el hemisferio, pero ningún pueblo pagó tan caros los platos rotos de la revolución cubana como el dominicano.

Lo que nos muestra el autor tras la caída del Gobierno constitucional de Bosch es un andamiaje de intrigas y corrupción del régimen y las mafias militares del Triunvirato. A veces parece impiadoso, con los actores de esa etapa histórica, ya fueren los norteamericanos, los políticos y militares dominicanos, de la derecha, el centro o la izquierda, pero sobre todo de los que tuvieron en sus manos el destino de la nación. 

Es patético el relato del estallido de la guerra, alentada por la paranoia norteamericana, del papel de Donald Reid Cabral, Elías Wessin, Rivera Caminero, Belisario Peguero. Juan de los Santos Céspedes, de Antonio Imbert y del infeliz Pedro Bartolomé Benoit, quien no parecía entender porqué lo pusieron a presidir una junta militar títere y a solicitar una invasión militar extranjera, que ya estaba en ejecución.  

También es dramático el abordaje de la situación de los constitucionalistas el 27 de abril frente a los bombardeos de la Capital, con deserciones masivas, con los líderes perredeístas, incluyendo al presidente Molina Ureña y Peña Gómez buscando refugio en embajadas, y de aquel choque de los líderes militares con el embajador Tapley Bennett que empujó a Caamaño y Montes Arache hacia las inmediaciones del puente Duarte para desalojar a las tropas de Wessin que ya habían ganado varias cuadras pese a la heroica resistencia de soldados, cuadros políticos perredeístas e izquierdistas sin un líder que los aglutinara. Papel que desde entonces asumiría con integridad el coronel Caamaño al convertirse en comandante de una guerra nacionalista.

El pánico en San Isidro.  Entre los méritos de esta obra está la descripción del pánico que se apoderó de las huestes militares de San Isidro tras la batalla perdida el 27 de abril. Transcribe párrafos esenciales del mensaje del embajador Tapley Bennet a su Gobierno a las 5:16 de la tarde del 28 de abril, extraído de la biblioteca del presidente Lindon Johnson: 

“Lamento informar situación deteriorándose rápidamente. Los pilotos de San Isidro están cansados y desanimados (…) El Jefe de la Policía Despradel informa que no puede controlar la situación (…) Wessin desanimado y diciendo que hacen falta más hombres. Rivera Caminero preocupado y sin ánimo. El Jefe de nuestro Grupo de Asesoría Militar (MAAG) acaba de regresar de San Isidro (…) Encontró una atmósfera de miedo, cantidad de oficiales llorando. (El exjefe de la Policía) Belisario Peguero también en estado histérico, urgiendo retirada. Benoit (…) solicita formalmente tropas de los EE.UU. Le dijo al jefe del MAAG que si no reciben ayuda tendrán que abandonar la lucha (…) El country team es unánime: que ha llegado el momento de desembarcar a los marines (…) Si Washington desea, pueden desembarcar con el propósito de proteger la evacuación de los ciudadanos norteamericanos. Recomiendo el desembarco inmediato”. 

Una hora y 23 minutos después comenzó la ocupación militar de la ciudad de Santo Domingo. La invasión militar ahogaba el movimiento constitucionalista. Gleijeses relata los momentos de ofensiva y ablandamiento, de negociaciones y de imposiciones, incluyendo la fracasada Fórmula Guzmán y la instauración del Gobierno de García Godoy, que terminaría entregando todo el poder a los militares aliados de Estados Unidos y excluyendo a los constitucionalistas. 

Antonio Guzmán resulta uno de los personajes que quedan mejor parados en esta historia. Con gran dignidad aquel hacendado, sin mayor formación intelectual ni política, prefirió no ser Presidente de la República a tener que encarcelar o deportar  a quienes los interventores consideraran peligrosos comunistas.    

La obra de Gleijeses ilustra y alecciona sobre una de las más groseras e innecesarias intervenciones militares de los Estados Unidos que retrasó por décadas el esfuerzo dominicano por superar el legado autocrático de los primeros 120 años de la República y por crear las bases de una sociedad democrática. 

El contexto histórico

La puesta en escena literaria de esta obra es apasionante. El autor procura evidenciar las miserias que han afectado el cuerpo social dominicano desde sus orígenes más remotos. Casi la mitad de sus 520 páginas están dedicadas a sostener el contexto histórico en que se producen los acontecimientos de 1965. La síntesis del período colonial y del primer siglo de la República permite entender el legado de violencia, exclusión y autocracia y las confusiones culturales y hasta raciales que todavía castran el desarrollo nacional, con el predominio de caudillos prestos a ofrendar la nación en el altar del mejor postor, ya fuere España, Francia, Gran Bretaña o los Estados Unidos.

Deja en evidencia cómo la nación dominicana ha oscilado tanto tiempo entre el caudillismo presidencialista de signo totalitario, o por lo menos autocrático, que impone una voluntad omnímoda, y el intento de edificar un régimen de diversidad y pluralidad que tantas veces deriva en anarquía o garata interminable o choca con los intereses hegemónicos que reivindican la cultura de la imposición y el arrebato que no ha perdonado la existencia ni siquiera de los dominicanos más abnegados, desde los fundadores mismos de la República hasta los héroes de Luperón, Constanza, Maimón, Estero Hondo, incluyendo a Manolo Tavárez, Francisco Caamaño y muchos más.        

El relato pasa por la ocupación militar norteamericana de 1916-24 y su herencia autocrática personificada en Rafael Leónidas Trujillo y su nefasto régimen, cuya liquidación cuando ya resultaba insostenible, origina una nueva etapa de estrecho tutelaje norteamericano que asfixia las ansias libertarias y democráticas del pueblo dominicano.

(Serie Gesta de abril)

Fidel Castro cree que el mundo iría mejor si mujeres se ocuparan de política

La Habana, 15 abr (EFE).- El expresidente de Cuba, Fidel Castro, cree que el mundo marcharía mejor si las mujeres se ocuparan de la política, en un nuevo artículo sobre la Cumbre de las Américas donde elogia a la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff. Una vez más demostraron que las cosas en el mundo marcharían mejor si ellas (las mujeres) se ocuparan de los asuntos políticos. Tal vez habría menos guerra, aunque nadie puede estar seguro de eso, escribe Castro en la última de sus Reflexiones publicada hoy en los medios cubanos.

El líder cubano alaba a Dilma Rousseff y destaca su reclamo de que Estados Unidos mantenga relaciones de "igual a igual" con Brasil y con el resto de América Latina.

También subraya el análisis que hizo la presidenta de Brasil sobre la crisis económica y la reacción de la zona euro a través de una expansión monetaria que aprecia la moneda brasileña y afecta a la competitividad de la industria nacional.

"A Dilma Rousseff, una mujer capaz e inteligente, no se le escapan esas realidades y sabe plantearlas con autoridad y dignidad", destaca Fidel Castro.

A su juicio, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, "sabe que la economía de Brasil surge con impresionante fuerza que, asociada a las economías como las de Venezuela, Argentina, China, Rusia, Sudáfrica y otras de América Latina y el mundo, trazarían el futuro del desarrollo mundial".

Y a Obama dedica también Castro varios comentarios en su artículo de este domingo, donde dice que observó al presidente de Estados Unidos "pensativo y a veces bastante ausente" durante la primera jornada de la Cumbre de Cartagena.

"Era como si durmiera con los ojos abiertos. No se conoce cuánto descansó antes de llegar a Cartagena, con qué generales habló, qué problemas ocupaban su mente", señala.

También se declara asombrado por el discurso del secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), José Miguel Insulza, y le reprocha que no reclamara respeto a la soberanía de los países de Latinoamérica y que no dijera "una sola palabra" sobre las islas Malvinas.

En su artículo de hoy, Fidel Castro -de 85 años y retirado del poder desde 2006- continúa sus ironías sobre la que ha denominado la "Cumbre de las Guayaberas".

"Veo que las reuniones en Cartagena se prolongan y las realidades edulcoradas se alejan. De las guayaberas obsequiadas a Obama no se habló. Alguien tendrá que encargarse de indemnizar al diseñador de Cartagena Edgar Gómez", escribe.

La VI Cumbre de las Américas concluirá hoy en Cartagena de Indias y es posible que finalice sin declaración final, entre otros asuntos por la enconada polémica por la negativa de Estados Unidos y Canadá a aceptar a Cuba en las próximas citas. EFE

Los dominicanos en el béisbol japones


TOKIO (Beisboljapones.com).- Los dominicanos José Fernández y Luis Enrique Terrero aportaron un sencillo cada uno fue suficiente para evitar la caída de su equipo, pero esto tampoco un dramático jonrón de 2 carreras del mexicano Luis Alfonso García en la apertura del noveno episodio evitó  la derrota de las Águilas de Rakuten, que cayeron este domingo 4-3 ante los Luchadores de Nippon Ham en el Sapporo Dome.      

Fernández, que anotó una carrera, elevó su promedio a .208, mientras que Terrero lo aumentó a .157.    

El azteca envió la pelota a las gradas del jardín derecho con un hombre en base para igualar la pizarra 3-3 y amenazar con llevar el encuentro a entradas adicionales, pero otro cuadrangular de Sho Nakata en el cierre del mismo capítulo dejó en el terreno a Rakuten, que perdió por cuarta vez en cinco juegos.      

En otros partidos del día, el también dominicano Esteban Germán ligó 3 imparables en 4 turnos en la derrota de 6-2 de los Leones de Seibu ante los Búfalos de Orix en el Seibu Dome de Tokorozawa.      

El isleño, que había estado teniendo problemas para conectar la pelota, completó su primer juego del año con más de un imparable para incrementar su promedio a .219.      

Por Orix, el venezolano Aarom Baldiris sonó un indiscutible en 4 oportunidades para reducir ligeramente su promedio a .268.      

En el Estadio Hard Off Eco de Niigata, el también venezolano Alex Ramírez se fue de 3-1, con un sencillo y un ponche, en el triunfo de 3-1 en 11 entradas de las Estrellas de DeNA sobre los Gigantes de Yomiuri.      

Su compatriota y compañero de equipo Oscar Salazar entró al juego como remplazo defensivo pero no tuvo turnos al bate.      

El dominicano Wily Mo Peña falló en 2 visitas al plato, pero recibió un boleto y anotó una carrera en la derrota de 5-1 de los Halcones de SoftBank ante los Marinos de Lotte en el Yahoo Dome de Fukuoka.      

Los Dragones de Chunichi superaron 3-0 a los Tigres de Hanshin en el Estadio Koshien de Nishinomiya y las Golondrinas de Yakult se impusieron 1-0 a los Carpas de Hiroshima en el Estadio Botchan de Matsuyama en los dos encuentros restantes de la jornada.



miércoles, 11 de abril de 2012

JUAN BOSCH: TUTUMPOTES, BALAGUER Y LOS CIVICOS.

Serie de Articulos de la Gesta de Abril.

El día de mi llegada a Santo Domingo los jóvenes del barrio de Ciudad Nueva se batían con la policía. Esos jóvenes eran catorcistas, comunistas, emepedeístas o no pertenecían a ningún grupo, pero formaban la vanguardia de acción directa de la Unión Cívica, y peleaban contra la policía porque pensaban que la lucha nacional debía llevarse a cabo en el terreno político.

Ninguno de ellos creía que la solución de los problemas debía buscarse en el campo económico y social. En cambio, los jóvenes de los barrios altos, de Gualey y Guachapita, hijos de obreros y de sin trabajo, corrieron a rodear el automóvil en que yo iba —y a empujarlo cuando el motor dejó de funcionar a la altura del Puente Duarte—, mientras gritaban con un ritmo monótono: “Ya llegó Juan Bósch, ya esto se acabó”.

¿Qué era lo que ellos querían que se acabara?

La miseria y la desesperanza a que los tenía sometidos la familia Trujillo.

A los ojos de aquellos que no sabían ver en el fondo de los acontecimientos las fuerzas que los guían, el trujillismo parecía incólume. Pero no era así porque no podía haber trujillismo sin Trujillo.

Sin embargo era tanta la ceguera de los políticos dominicanos, que cuando la tarde de mi llegada y en los días sucesivos dije y repetí que a los Trujillo les quedaban no más de seis semanas de poder —“entre tres y seis semanas”, era mi expresión—, hasta mis compañeros en la dirección del PRD pensaron que yo estaba viendo visiones. Ramfis abandonó el país el 18 de noviembre y el 19, esto es, un mes después de mi llegada a la República Dominicana, comenzó el desfile de sus tíos y familiares hacia el destierro. Yo no había estado viendo visiones.

En las cuatro semanas que pasaron entre mi llegada al país y la salida de los Trujillo, la clase media dominicana vivió en un estado de agitación perpetua; pero la masa popular, y especialmente los barrios pobres de las ciudades, no tomaron parte en ella. 

En suma, Unión Cívica Nacional actuó de tal manera y con tanta persistencia y habilidad, que cuando llegó la hora de la liquidación de la familia Trujillo el odio contra Balaguer había sido inducido en la alta y la mediana clase media y en un sector importante de la pequeña clase media, y el resultado de ese odio era que esos grupos sociales reclamaban un cambio inmediato, pero un cambio de hombres, un cambio superficial. En pocos meses se había pasado del trujillismo al fiallismo, de un caudillaje a otro caudillaje. Se pensaba que los males del país no eran del sistema sino de los hombres, y la clase media tenía la impresión de que al cambiar el hombre Balaguer por otro hombre que fuera cívico, todo cambiaría favorablemente.

La situación era en verdad difícil. Ante el vacío dejado por Ramfis, la conmoción en los cuarteles era inevitable, y nadie sabía —ni aun el doctor Balaguer, que era Presidente de la República— quién saldría de esa conmoción convertido en líder militar; nadie podía saber si ese nuevo líder militar arrasaría con el poder civil, si le entregaría el poder a la UCN, si lo retendría para sí.

Todo era posible, y nos hallábamos prácticamente sin medios para hacer frente a lo que se presentara. Tal vez teníamos ante nosotros la última oportunidad de hacer una revolución; pero las masas no organizan, no dirigen ni desatan revoluciones. Las revoluciones son organizadas y dirigidas por minorías, y en estos años de la América Latina, las revoluciones son iniciadas y dirigidas por la juventud de la clase media.

De esa hora confusa surgió convertido en líder militar el jefe de la base aérea de Santiago, el general Pedro Rafael Rodríguez Echavarría, y Rodríguez Echavarría reconoció como Presidente de la República al doctor Joaquín Balaguer.

La República se había quedado atrás no sólo los treintaiún años de la tiranía, sino muchos más. En varios aspectos  se vivía en pleno siglo XIX, sólo que con los problemas del siglo XX; y según pude alcanzar a comprobar más tarde, había gente que vivía en el siglo XVIII.

El país necesitaba una revolución para situarse por lo menos en el siglo XX; no una revolución a la cubana de Fidel Castro, pero sí una a la cubana de Grau San Martín; una revolución que nos permitiera avanzar en pocos meses siquiera al punto que había alcanzado Venezuela en 1945, hubiera sido casi un sueño.

Rodríguez Echavarría había reconocido a Balaguer como Presidente de la República y eso determinó el enfrentamiento de Unión Cívica con él. A partir del 19 de noviembre de 1961, la UCN dedicaría todas sus fuerzas a derrocar conjuntamente a Balaguer y a Rodríguez Echavarría. 
Rodríguez Echavarría tenía una inclinación franca a la justicia social. No sabía cómo hacerla, pero sentía la necesidad de hacerla. Era tosco y violento, pero no tanto que no pudiera ser conducido en dos puntos: su instinto de justicia social y su sentimiento nacionalista. 

La juventud catorcista se colocó frente a él porque esa juventud seguía la línea política de UCN; sin embargo Rodríguez Echavarría se sentía inclinado al catorcismo. Desde luego, era un típico “guardia”, con todos los resabios de su  profesión. Había iniciado su carrera como guardia raso y por su origen popular era anticívico. Como a toda la masa del Pueblo, el instinto le hacía repudiar a esa casta de “primera” que surgía de entre las ruinas del trujillato queriendo apoderarse de los mandos del país.

A partir del 19 de noviembre la presión para sacar del poder a Balaguer y a Rodríguez Echavarría fue creciendo día a día. La representación norteamericana trabajaba abiertamente en esa dirección. Arturo Morales Carrión, Subsecretario de Estado para la América Latina, pasó a vivir en la Embajada de los Estados Unidos; los doctores Jordi Brossa, Donald Reíd Cabral, Luis Manuel Baquero, y en general los hombres claves en la Unión Cívica, visitaban con tanta frecuencia la Embajada que parecían haberse mudado en ella. 

El Departamento de Estado necesitaba tener bajo control los acontecimientos dominicanos; que en una situación inestable en la que iba envuelta la liquidación de la tiranía más dura que recordaba América, con el ejemplo cubano al costado, Washington no quería darse de buenas a primeras con una revolución salida de cauce; y si la fuerza dominante en el país era Unión Cívica, era lógico que controlando a Unión Cívica, el Departamento de Estado podía sentirse tranquilo. Lo que yo no entendía era que una agrupación dominicana se ciñera fielmente a una política dictada por un poder que tenía sus propios fines, y tenía que tenerlos, independientes de los fines que debían buscar los dominicanos.

Los propósitos norteamericanos podían ser legítimos desde el punto de vista de los intereses norteamericanos. Los Estados Unidos son una gran nación, con influencia mundial y obligaciones mundiales, que estaban pasando en ese año de 1961 por la experiencia de haber perdido una gran batalla política y diplomática en un pequeño país antillano llamado Cuba, y no era el caso de perder otra batalla en la República Dominicana. Pero el interés del Pueblo dominicano no era el de los Estados Unidos, como no era el de Rusia ni el de Cuba  ni el de ningún otro país.

El interés del Pueblo dominicano era hallar por sí mismo la respuesta a su propia angustia, hallar su camino hacia la dignidad, la libertad y el bienestar, y ese camino no íbamos a encontrarlo de la mano de los Estados Unidos ni de nadie que quisiera imponer una fórmula que no salía de las entrañas mismas de nuestro pueblo y de su historia. 

no habia edad limite 111Nosotros (…) —como le dije una noche al doctor Morales Carrión— no íbamos a conspirar para derrocar a Balaguer; nosotros creíamos en el Pueblo, y el Pueblo, la gran masa, no tenía vela en ese entierro.

Los comunistas, los emepedeístas, los catorcistas, tuvieron el primer papel en la huelga que se desató en el mes de diciembre, cuya finalidad era el derrocamiento de Balaguer y de Rodríguez Echavarría. El Pueblo, la gran masa popular, no participó en esa huelga; es más, la repudió. El Pueblo no tenía vela en ese entierro. La huelga se había decidido en una reunión a la que fueron invitados el 14 de Junio y el PRD.  Miolán y yo asistimos en representación de nuestro partido.

Esa misma noche la huelga quedó decretada. Por boca mía, el PRD dijo por radio que no apoyaba la huelga, lo cual le ganó al mismo tiempo la simpatía de las grandes masas de los barrios y del campo y el odio a muerte de los cívicos. 

Pero el Pueblo y nosotros nos entendíamos, hablábamos el mismo lenguaje; nosotros teníamos el oído puesto en su corazón, conocíamos sus anhelos y sus angustias. De la huelga de diciembre salió el Partido fortalecido; al terminar ese mes, nuestras afiliaciones pasaban de ciento veinte mil. En cambio, la huelga marcó el punto en que la masa popular, que hasta entonces se había mostrado indiferente a la propaganda de Unión Cívica, comenzó a ser francamente anti cívica.   

Quiere decir que ya en el mes de diciembre comenzaba a hacer efecto la siembra que estaba haciendo el PRD; más propiamente, puede afirmarse que en ese mes comenzaba el Pueblo dominicano a mostrar su perfil en el fondo de los acontecimientos históricos, y si ese perfil seguía definiéndose llegaría el día en que el Pueblo se levantaría a su tamaño natural y comenzaría entonces a hacer la historia nacional. ¿Cuándo sería ese día? No podíamos saberlo, pero estábamos seguros de que la República tendría su amanecer.

En los siete meses transcurridos desde la muerte de Trujillo hasta el 31 de diciembre de 1961, la historia dominicana avanzaba de prisa; y la historia avanza devorando, creando, destruyendo y construyendo. No en balde es la síntesis del poder creador y destructor de la especie humana.
Al producirse la fuga de los Trujillo el país entró en una etapa abiertamente revolucionaria, pero revolucionaria en cuanto al ambiente, no en hechos. Los militares enviados a cuidar las propiedades de los Trujillo y de los trujillistas que habían huido, entraban a saquearlas y después llamaban al Pueblo para que terminara el saqueo.

 El concepto de autoridad había sido sustituido por un impulso vengativo popular que en el primer momento se satisfacía con la depredación de los bienes de los fugitivos. Por todas partes, en las ciudades principales —y sobre todo en la Capital— y en los campos, se formaban turbas que corrían a saquear propiedades, a llevarse muebles, reses, caballos, puertas, ventanas, a quemar casas y destruir cercas. Guardias y policías fraternizaban con el Pueblo y tomaban su parte en el botín.

Se trataba de la reacción primitiva de unas masas que buscaban sacar algún provecho de la caída del trujillato, y debieron haber encontrado ese provecho en unas cuantas medidas revolucionarias que hubieran podido transformar las estructuras sociales para el beneficio de todo el Pueblo. Las masas buscaban ventajas y las sacaban en muebles y vajillas.  Hasta cierto punto tenían razón, porque ya no podía hacerse una revolución rápida. 

La Unión Cívica había convertido todo el impulso nacional hacia una revolución en un simple movimiento anti trujillista, en una lucha contra lo que  había sido, no contra lo que era. Y ya el trujillismo no era lo que debía combatirse. El trujillismo había sido algo malo, algo que pertenecía al pasado del país. Lo que debía combatirse estaba presente: las estructuras económicas y sociales, atrasadas como en ningún país americano; las violentas desigualdades de todo tipo. La UCN había actuado como el torero que desvía el toro con arrogante habilidad y lo lleva tras la muleta para salvarse él mismo de la cornada mortal.

Detrás de la UCN, hechizados por su prédica, iban los jóvenes de la clase media, los catorcistas y hasta los comunistas, los emepedeístas y hasta los escasos social-cristianos que había por esos días, gritando contra Balaguer y contra Rodríguez Echavarría, pidiendo la salida de uno y de otro del poder, y ninguno de esos jóvenes presentaba un programa al Pueblo, una lista siquiera de las medidas que debería tomar el Gobierno que sustituyera al de Balaguer. Era un espectáculo triste para los que comprendíamos que la última oportunidad de la Revolución Dominicana estaba disipándose, mucho más triste porque ya no había nada que hacer para encauzar a aquel pueblo maliciosamente desviado, para volver en sí a aquellos jóvenes que de manera cándida, creyendo de buena fe que lo que hacían era una revolución, servían con toda su alma los fines de los enemigos de la revolución.

Detrás de la UCN, hechizados por su prédica, iban los jóvenes de la clase media, los catorcistas y hasta los comunistas, los emepedeístas y hasta los escasos social-cristianos que había por esos días, gritando contra Balaguer y contra Rodríguez Echavarría, pidiendo la salida de uno y de otro del poder, y ninguno de esos jóvenes presentaba un programa al Pueblo, una lista siquiera de las medidas que debería tomar el Gobierno que sustituyera al de Balaguer. Era un espectáculo triste para los que comprendíamos que la última oportunidad de la Revolución Dominicana estaba disipándose, mucho más triste porque ya no había nada que hacer para encauzar a aquel pueblo maliciosamente desviado, para volver en sí a aquellos jóvenes que de manera cándida, creyendo de buena fe que lo que hacían era una revolución, servían con toda su alma los fines de los enemigos de la revolución.

el cuarto de hora de radio que usaba el PRD, dije por vez primera una frase que después repetiría a menudo: “El PRD sólo aceptaría el poder de manos del Pueblo”. Estoy seguro de que poca gente se dio cuenta de lo que había en el fondo de esas palabras.

Ya para ese momento la propaganda cívica y catorcista presentando al PRD como un partido trujillista, aliado de Balaguer, era rampante. De las oficinas de UCN salían día tras día docenas de consignas que los jóvenes partidarios de la Unión Cívica iban repitiendo por donde pasaban, y todas eran especies calumniosas destinadas a presentarnos a nosotros, los líderes del PRD, como recibiendo fondos de Balaguer o de los trujillistas perseguidos, como agentes de Ramfis y de Petán.

Los compañeros del Comité Ejecutivo del PRD se alarmaban y me pedían que respondiera a esa campaña a través de la radio. Pero mi posición era otra. Yo creía que la clase media dominicana no tenía comunicación con la masa popular, no conocía su psicología, no sabía qué cosa deseaba el Pueblo, y lo que era peor, no entendía su lenguaje así como el Pueblo no entendía el de la clase media. La clase media, debido a una deformación que trataré de explicar en otra parte, tenía una naturaleza psicológica anormal y no podía vivir sin el alimento cotidiano del chisme; era —y es— una fuente perpetua de chismes; crea y consume chismes. Según dije una vez cuando era Presidente de la República, el chisme es la mayor industria nacional. 

En cambio, el Pueblo, los sin trabajo, los campesinos, los obreros —y una parte de la pequeña clase media— no produce ni consume chismes. Todas esas calumnias que echaban a rodar los hombres de UCN se quedaban en su propio ambiente, pues había una muralla china que separaba a la clase media del Pueblo, y los chismes no lograban saltar esa muralla. Yo hablaba para el Pueblo, y si respondía a los chismes el Pueblo conocería esos chismes a través de mi palabra, lo cual podía ser perjudicial, pues según un viejo proverbio campesino, “no se debe poner a la gente en lo que no está”, es decir, no se debe dar pie para que la gente piense mal de uno. Si yo decía que los cívicos nos acusaban de estar recibiendo dinero de un trujillista, ¿cuánta gente del Pueblo no se preguntaría si sería o no verdad eso?

A mi juicio, pues, la campaña de la UCN contra el PRD se volvería contra sus autores. Lo mejor era dejar que esa campaña recorriera su órbita y volviera, como un boomerang, a los pies de sus creadores. 

Todos esos días eran agitados. Se había desatado la lucha por el poder en un país que no conocía los procedimientos de la lucha política en la democracia; el resentimiento, las pasiones, los odios y las ambiciones se derramaban como una avalancha sobre la tierra dominicana. Los cívicos usaban el prestigio del doctor Fiallo como un escudo y a él mismo lo llevaban y lo traían sin que él acertara a comprender lo que estaban haciendo de él.

La presión sobre Balaguer aumentó a tal punto que aceptó entregar el poder a un equipo de hombres de la UCN, tal y como lo había pedido la UCN con el respaldo del Departamento de Estado. Washington quería un Gobierno colegiado con autoridad para negociar, para recibir préstamos y obligar al Estado; y ese tipo de Gobierno no podía crearse sin una reforma constitucional. Balaguer, pues, envió al Congreso una solicitud de enmienda a la Constitución, y así se creó el Consejo de Estado, de siete miembros, con uno de ellos como Presidente, que debía gobernar hasta el 27 de febrero de 1963 y debía convocar a elecciones para Constituyente a más tardar el 16 de agosto de 1962 y a elecciones presidenciales, de Congreso y de Ayuntamientos a más tardar el 20 de diciembre del mismo año.

Para formar el Consejo de Estado, la UCN escogió cuatro de sus miembros y alguien que no se sabe si fue Balaguer, si fue Rodríguez Echavarría o fue otra autoridad, escogió a los dos supervivientes del complot del 30 de mayo. En total cuatro cívicos y dos que no lo eran, y después de la renuncia de Balaguer se agregaría uno que había entrado en la UCN a título de dirigente del 14 de Junio pero que en diciembre ya no era catorcista sino cívico.

La agitación crecía por horas, y esa agitación desembocó, el 16 de enero, en la muerte de cinco personas en el Parque Independencia. Hostigado por los cívicos, Rodríguez Echavarría envió un tanque de guerra a ese parque para que impidiera actividades de agitación en el local de la Unión Cívica que se hallaba en aquel lugar, y como la multitud no se dispersaba sino que se mostraba agresiva, los tripulantes del tanque dispararon. Rodríguez Echavarría perdió la cabeza, y a la conmoción producida por el desgraciado episodio respondió con un golpe de Estado relampagueante. Balaguer y los miembros del flamante Consejo de Estado fueron presos en Palacio, aunque a Balaguer se le permitió después salir, e inmediatamente Rodríguez Echavarría formó una Junta de Gobierno de tres miembros.
Dos días después, sin embargo, se desató la huelga general que liquidó el golpe de Estado.

Esa huelga fue el acto culminante de una agitación nacional de siete meses, que se inició el 5 de julio con la llegada de los delegados del PRD al país y se mantuvo sin un día de reposo hasta enero de 1962. Todavía a esa altura, la masa popular no había actuado. La masa popular era un espectador del drama dominicano. La entrada en el escenario, en calidad de actor, le estaba vedada por aquellos que decían representar su voluntad.

Trujillo había tenido metida en su puño a la totalidad de los dominicanos. El nombre que él mismo se había hecho dar, y que de manera casi inconsciente usaba todo el mundo para dirigirse a él o para mencionarlo ante otras personas, era el de “jefe”; y él fue el jefe de todos los dominicanos en la más amplia acepción del vocablo.

Las industrias de Trujillo pasaron al Estado, y el Estado es, por esa razón, el más grande empresario industrial del país. La casta de “primera”, y un sector de la alta clase media comercial, profesional y terrateniente, soñaron ser los herederos de Trujillo mediante la adquisición, a través del poder político, de esas empresas, con lo cual hubieran podido convertirse en la burguesía nacional.

La tiranía fue un molde de hierro en tres aspectos: el político, el militar y el económico; pero los dos primeros sólo tenían por objeto garantizar el último. Lo que Trujillo persiguió durante su largo mando fue hacerse rico, convertirse en el hombre más rico del país, y en uno de los más ricos de América; de manera que si en algún terreno aplicó su tiranía a fondo fue en el económico. 

En este aspecto, la República Dominicana no pudo avanzar un paso sino en la medida en que Trujillo lo permitió. Para mal de los dominicanos, el trujillismo acertó a dominar la vida nacional en los años decisivos de su formación económica, social y cultural, los años en que más avanzaron los demás pueblos americanos; y con su dominio impidió en forma drástica que los dominicanos se desenvolvieran según las tendencias del mundo exterior.

La República vivió aislada, y no en términos comparativos sino absolutos. Del país salía el que la tiranía dejaba salir; al país entraba aquél a quien la tiranía dejaba entrar; salían y entraban las noticias y los libros, los hábitos y las ideas que la tiranía permitía. 

La falta de sentido patriótico de la clase media dominicana, en conjunto, es algo desolador. Uno no puede comprenderlo. Yo, por lo menos, no puedo entender que no se ame a la patria como no puedo entender que no se ame a la madre. Me digo que esa ausencia de amor a la propia tierra se debe a su inseguridad, a su insatisfacción, a la angustia en que viven los dominicanos de clase media; pero no lo acepto. Sin amor es imposible hacer algo creador. La gallina, que es considerada como el más cobarde de los animales domésticos, se lanza como una pequeña fiera emplumada sobre el que se acerque demasiado a sus polluelos. El amor hace fuertes a los débiles y valientes a los cobardes. El amor obra milagros.

Causa pena oír a la mayoría de los dominicanos de clase media hablar de su pueblo y causa pesar oírla comentar las crisis nacionales. Para esa gente, el dominicano es haragán, es cobarde, es ladrón; y cuando hay un momento crítico en la vida del país, en los hogares, en las esquinas, en los cafés, unos y otros se preguntan cuándo van “los americanos” a actuar; inventan noticias de que ya llega “la flota”, de que el “Presidente dijo tal cosa o tal otra” —y se refieren no al Presidente de la República Dominicana sino de los Estados Unidos—. 

Durante los treintaiún años de la dominación trujillista, la mayoría de la clase media estuvo esperando que “los americanos” sacaran a Trujillo del poder.  Con las excepciones lógicas, comerciantes, profesionales, militares, sacerdotes, periodistas, hombres y mujeres carecen de dignidad patriótica porque les falta ese ingrediente estabilizador y creador que se llama amor; amor a lo suyo, a su tierra, a su historia, a su destino. En esta última palabra se halla la clave de esa actitud: la clase media dominicana, que vive sin un presente estable, no tiene fe en su destino; no cree en él y por tanto su vida como grupo social no tiene finalidad. Vive perdida en un mar de tribulaciones.

Como consecuencia de esa actitud, los dominicanos medios no han establecido todavía una escala de valores morales; no tienen lealtad a nada, ni a un amigo ni a un partido ni a un principio ni a una idea ni a un gobierno. El único valor importante es el dinero porque con él pueden vivir en el nivel que les pertenece desde el punto de vista social y cultural; y para ganar dinero se desconocen todas las lealtades.

La gran masa popular, que vive en su ambiente social y económico propio, es otra cosa. Las virtudes nacionales están en esa gran masa popular. Ahí están el amor a lo suyo, a su tierra, a su música, a su comida; la lealtad a los amigos, a los partidos, a ciertas ideas simples pero generosas. Esto no significa que no haya una porción de esa masa popular que no sea así.

En todos los casos, los sectores sociales no actúan en bloque, monolíticamente; y así como en la clase media hay un número que ha reaccionado contra su falta de fe, de su carencia de amor al país, así en la masa popular hay uno que actúa como descastado, sin principios, sin más actividad emocional que la primitiva de las bestias: comer, dormir, beber, reproducirse, aunque para ganar el sustento tenga que llegar al crimen, si se le exige el crimen. Ese es el margen social del cual sale el delincuente en toda agrupación humana.

La clase media dominicana era muy pequeña cuando se lanzó a establecer la República en 1844; era todavía pequeña cuando combatió a España en 1863 para restaurar la República. ¿Por qué ahora no tiene fe en su país?  La explicación quizá esté en que durante todo lo que va del siglo XX el Pueblo dominicano ha sido víctima de sus debilidades nacionales en forma verdaderamente impresionante. Comenzó el siglo en medio de guerras civiles desastrosas que sólo pararon en 1916 debido a la ocupación militar norteamericana, que duró ocho años; tuvo seis años de paz y junto con la crisis económica de 1929 le llegó la tiranía de Trujillo, que ahogó toda aspiración de cambios y mantuvo el país sumergido en un sistema despiadado de terror y de explotación. 

La clase media, más consciente por muchas razones de su situación, fue perdiendo la fe en el porvenir de su tierra; al faltarle la fe murieron, por agotamiento, las fuentes de los estímulos, la capacidad de amor y de lucha.

Al morir el tirano “comenzó a desgranarse la mazorca”, según hubiera dicho un campesino de esos que se expresan en forma gráfica, con imágenes sacadas de su ambiente. En forma casi natural, las masas del Pueblo comenzaron a afiliarse en el Partido Revolucionario Dominicano; la alta y la mediana clase media, en la Unión Cívica, y la dirección de la UCN estaba en manos de la casta de “primera”. 

Guiada por la casta de “primera”, la alta clase media y la mediana clase media —incluyendo en ésta a los comunistas del PSP, aunque cause asombro a los comunistas de otros países—, sin distinción entre adultos y jóvenes, repudiaron a Joaquín Balaguer por trujillista y escogieron para sucederle a Rafael F. Bonnelly.  ¿Por antitrujillista? No; porque pertenecía a la casta. Rafael F. Bonnelly era tan trujillista como Balaguer; de arriba abajo, de costado a costado, por fuera y por dentro, Bonnelly era tan trujillista como Balaguer, y más responsable que Balaguer de los peores aspectos del trujillismo.

Balaguer, doctor en derecho graduado en París, no le sirvió como abogado a Trujillo; Bonnelly, licenciado en derecho de la universidad dominicana, fue el abogado y notario preferido por Trujillo para legalizar sus apropiaciones forzadas de  tierras y bienes. Balaguer, buen orador, pronunció numerosos discursos en favor de Trujillo; Bonnelly, lector de discursos, leyó tantos en favor de Trujillo como los que Balaguer improvisó. Balaguer no le sirvió a Trujillo en cargos donde tuviera que tomar medidas represivas; Bonnelly fue durante años el Secretario de Estado de Interior y Policía, instrumento de la política represiva del régimen. Nadie puede afirmar que Balaguer se enriqueció con el favor de Trujillo; nadie puede afirmar que Bonnelly salió del servicio de Trujillo con los mismos bienes que tenía al iniciar su carrera de funcionario trujillista.

El alto mando cívico se alimentaba de chismes y rumores y regurgitaba chismes y rumores. Antes de Trujillo, las campañas políticas dominicanas se hacían a base de decirle a Fulano que Mengano, líder de otro partido, había dicho de él tal o cual cosa y Fulano se convertía fácilmente en enemigo de Mengano. 

Eugenio María de Hostos había tenido razón al decir que en la República Dominicana la política consistía en llevar el chisme a la categoría de negocio de Estado. Trujillo magnificó la importancia del chisme en el acontecer político nacional. El chisme, debido a su naturaleza mentirosa, era siempre el germen de una calumnia, y Trujillo hizo de la calumnia la forma habitual de lucha política.

Tradicionalmente, pues, todo lo que se relacionara con la política se hacía en términos de personas: Zutano es esto, Perencejo es aquello.

El… (Partido) llevó al país una técnica de propaganda política completamente nueva. se hablaba de problemas nacionales, no de personas; de los métodos para resolver esos problemas, no de los vicios o de las virtudes de nadie. Pero el PRD tuvo siempre un auditorio señalado, un sector social al cual se dirigía, y era la gran masa popular. Nunca antes la masa popular se había sentido objeto de la atención de nadie, y eso le dio rápidamente la sensación de su importancia. El “hijo de Machepa” encontraba a alguien que le daba categoría. 

 De niño, instintivamente y quizá llevado a ello por mi entonces desconocida pero sin duda existente vocación de escritor, observaba con cuidado el alma de la gente del Pueblo, su manera de reaccionar, y me fui formando una idea de sus hábitos mentales y de sus aspiraciones y preocupaciones. El del Pueblo era un mundo psicológico distinto del de la clase media. 

Entre el campesinado y los pobres y sin trabajo de las ciudades había mucha afinidad, porque los pobres y los sin trabajo salían del campesinado; entre éste y la pequeña clase media había también afinidad, pero no en aspiraciones ni preocupaciones, porque la pequeña clase media, casi siempre de origen campesino —aunque en los últimos tiempos sale también de los obreros y hasta de los pobres y sin trabajo de las ciudades— aspiraba a ser mediana clase media y por lo mismo sus preocupaciones pasaban a ser las de la mediana clase media; pero entre la mediana y la alta clase media y el campesinado y los trabajadores y los sin trabajo, ya no había prácticamente relación. Los unos no entendían a los otros y de hecho, hablando la misma lengua, no decían las mismas cosas.

Para explicarles a los jóvenes del Partido cómo debían expresarse ante la masa, les ponía el ejemplo de un señor de alta clase media —y de “primera”— cargado de títulos que en sus peroraciones por radio usaba a menudo la expresión “eso entraña una traición a la ética revolucionaria”. Les hacía fijarse en que la palabra “entraña” significaba para el Pueblo intestinos de animales, lo cual en su lengua se decía “mondongo”; que la palabra “ética” no quería decir nada para la masa popular y que si alguna persona de ese sector social la tomaba en cuenta, era por el significado de “tísica” que se le daba en ciertas zonas; de manera que la frase “eso entraña una traición a la ética revolucionaria” quería decir para la gente del Pueblo este disparate: “Eso mondongo una traición a la tísica revolucionaria”. Desde luego, para el Pueblo era lengua árabe.

Hablar en términos comprensibles para la gran masa significaba también hablar para la clase media si se sabían decir las cosas en un término medio cuidadoso, pero si no se hallaba el término medio apropiado, entonces había que hablar en la lengua del Pueblo. Como por otra parte, aun usando esa lengua se requería ir ilustrando poco a poco al Pueblo sobre todo lo que pudiera y debiera importarle, debía hablarse cada día de un tema, de un asunto, hasta agotarlo en toda su extensión, y si el tiempo no alcanzaba para agotarlo, seguir con ese tema un día más, dos días más si era necesario.

¿Y de qué hablaba yo en tantos días? Fundamentalmente de tres cosas: qué es y cómo funciona una democracia, cuáles son los problemas económicos en un país como la República Dominicana y cómo estaba organizada la sociedad dominicana.

Al hablar sobre la democracia explicaba qué es una Constitución, qué es una ley, cómo trabajan los poderes separados; cómo y por qué se vota, qué es un partido político; al hablar de los problemas económicos explicaba puntos tan abstrusos como lo que es una balanza de pagos, lo que es divisa, lo que es un banco, por qué teníamos que producir más y cómo hacerlo, en qué consistía la diferencia entre mercado interno y mercado extranjero; al hablar de la organización de la sociedad dominicana explicaba por qué el Pueblo estaba y había estado siempre sometido a una minoría y apliqué a esa minoría la palabra “tutumpote”, que se popularizó rápidamente y no tardó en traspasar los límites del país.

Esa palabra había sido de cierto uso en la región cibaeña cuando yo era un niño, pero su uso había desaparecido hasta el grado que en 1961 sólo la gente de alguna edad podía recordarla. Es difícil establecer su origen. Quizá provenga del latín, un latín vulgarizado, porque parece sonar en esa lengua muy similar a lo que significaba entre los dominicanos del Cibao en 1912, es decir, señor todopoderoso, con mucho poder, con dinero abundante. Tal vez tenga su raíz en los años de la ocupación haitiana; en el dialecto de Haití abundan las palabras con el sonido de “tuntún”, “tutún”. En algunas regiones de España “pote” quería decir “con abundancia”, y la locución “a pote” o “al pote” significaba “mucho de algo”. 

Yo tenía que crear una palabra en la que quedaran englobados los círculos de “primera” aunque no fueran señores de buenas cuentas bancarias, altos funcionarios públicos, terratenientes y grandes comerciantes; esa palabra debía tener sonido atractivo para las masas, debía ser pegajosa y debía bastarse a sí misma de tal manera que yo no me viera en el caso de tener que explicarle al Pueblo cada día quiénes eran sus explotadores habituales. Ninguna palabra era más adecuada para el caso que “tutumpote”; la resucité, pues, y no la había dicho más de cinco veces cuando ya el Pueblo la tenía en la boca y la usaba como un arma de lucha.

Los tutumpotes dominicanos, y algunos líderes que no son tutumpotes, me acusan de haber llevado al país la lucha de clases. La lucha de clases, y el odio de clases, existió siempre en Santo Domingo, sólo que una y otro eran ejercidos nada más por la gente de “primera”, y el Pueblo, que los padecía, no los tomaba en cuenta o consideraba que debía resignarse a sufrir la injusticia. 

Los cívicos dijeron varias veces que yo había llevado a Santo Domingo el odio racial; y como ellos no oían lo que yo decía, y se atenían a chismes y rumores, el doctor Fiallo salió un día —cuando ya era candidato presidencial de UCN— hablando de que no era verdad que él odiaba a los negros, que si los negritos por aquí, que si sus negritos por allá. Una vez más, como tantas otras, el líder de Unión Cívica le hacía propaganda al PRD. Al día siguiente le recordé al doctor Fiallo que en la República Dominicana no debía haber ni blancos ni negros sino sólo dominicanos.

Había la división social y la saqué a discusión, la mostré al Pueblo y le dije que era injusta y fuente de injusticias. Era mí deber hacerlo, para provecho de las grandes masas dominicanas y del país, pues sobre la injusticia, la explotación, la ignorancia y el abuso no puede edificarse ni mantenerse una República de hombres y mujeres libres.

Después de esa campaña de 1962, el Pueblo sabe quiénes son en verdad sus enemigos y dónde se emboscan. El Pueblo aprendió a distinguir entre un miserable calié que denunciaba por sesenta pesos al mes y un gran señor que sacaba enormes fortunas del régimen sostenido por los caliés; y supo que entre el calié y el tutumpote, su verdadero enemigo era el tutumpote.

Estoy seguro de que al enseñarle eso a la masa popular hice una obra de bien público, y me siento orgulloso de ello, digan lo que digan mis adversarios.


RAFAEL TOMAS FERNANDEZ DOMINGUEZ

Serie de Articulos de la Gesta de Abril.


Considerado como el verdadero héroe de la Revolución

(Soldado del Pueblo y Militar de la Libertad)

“... y aquí estoy, respondiendo con la frente en alto,

el honor multiplicado y la vergüenza como estandarte.

Que me juzguen la Historia y la República”*

Rafael Tomás Fernández Domínguez
Coronel E. N.
BIOGRAFIA
Coronel del Ejército Nacional ha sido considerado como el inspirador militar de la insurrección armada que estalló el 24 de abril de 1965 contra el Triunvirato que gobernaba el país, presidido en ese momento por Donald Reíd Cabral. La revuelta tenía el propósito de reponer el derrocado gobierno del Profesor Juan Bosch Gaviño, derrocado el 25 de septiembre de 1963 restableciendo con ello la constitucionalidad perdida. Esta revuelta produjo la intervención de tropas norteamericanas.

Nació el 18 de septiembre de 1934 en la sección Damajuana, municipio de Esperanza. Fueron sus padres el General Ludovino Fernández Malagón y Gloria Erminda  Domínguez Cruz. Se graduó de Bachiller en Ciencias Físicas y Matemáticas el 27 de diciembre de 1952 e ingresó en la Universidad de Santo Domingo para cursar la carrera de ingeniería, interrumpiendo estos estudios para integrarse como soldado al Ejército Nacional. 

Participando como Cadete en la Academia Militar se gradúa, al concluir estudios realizados entre 1954 y 1956, de Bachiller en Ciencias Militares. El 22 de diciembre de ese mismo año contrae nupcias con la señora Alma Arlette Fernández, comenzando una familia que se enriqueció con la llegada de cinco hijos.

Algo más tarde pasó a la Fuerza Aérea Dominicana y allí se distinguió obteniendo las mejores calificaciones en los estudios militares que realizara. En febrero de 1957 se traslada a Fort Clayton en la Zona del Canal de Panamá para tomar un curso militar.  

Ya con el rango de Capitán, en 1961 desempeñó el cargo de Jefe de la Base Aérea de San Isidro. El 18 de enero de 1962, ostentando el rango de Mayor de la Fuerza Aérea Dominicana (FAD), liberó a los miembros del Consejo de Estado, detenidos en el Club de Oficiales de esa institución por órdenes del ex general Pedro Rafael Ramón Rodríguez Echavarría, quien fue depuesto ese mismo día, después de intentar sin éxito un golpe de estado. 

Fernández Domínguez fue ascendido entonces a Teniente Coronel, y nombrado Sub-jefe de la Fuerza Aérea. Algún tiempo después es trasladado al Ejército Nacional y enviado en noviembre de 1962 a Fort Gulick en Panamá para participar en un curso de Comando y Estado Mayor. Obtuvo el segundo lugar entre los 31 militares de América Latina y los Estados Unidos de Norteamérica que participaron.

Tanto el traslado como el viaje a Panamá se debieron a discrepancias con sus superiores a quienes señalaba como transgresores de los reglamentos militares. Se opuso a que le fuera concedido el rango de general a Luis Amiama Tió y a Antonio Imbert Barreras, participantes y sobrevivientes en el asesinato del dictador Rafael Leonidas Trujillo Molina, por considerar que tales designaciones constituían una violación a las normas militares.

En Junio de 1963 realiza otro curso de Instrucción de Infantería Avanzada. Ese mismo año recibe el nombramiento como Director de la Academia Militar "Batalla de Las Carreras" de la Fuerza Aérea Dominicana.

Al ser depuesto el gobierno constitucional del Prof. Juan Bosch, el Coronel Fernández Domínguez intentó organizar un movimiento de resistencia militar que de momento no pudo materializar. El 23 de octubre de ese mismo año y en lo que puede ser considerado prácticamente como una deportación, fue nombrado por el Triunvirato gobernante como Agregado Militar en España. Desde el exterior escribió repetidas veces a sus compañeros de armas exhortándoles a continuar con los preparativos del contragolpe. 

En diciembre de 1964 logró un permiso para entrar al país por tres días y aunque estaba continuamente vigilado, logró establecer contactos con los simpatizantes del movimiento conspirativo contra el Triunvirato, al cual y por invitación suya, se incorporó el Coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó.

Al concluir los tres días de su permiso le hacen nuevamente abandonar el país, esta vez enviado como Agregado Militar en Chile. El Coronel Fernández Domínguez estaba convencido de lo importante para la causa que era la conservación de su rango militar, razón por la cual aceptó tales nombramientos, según se desprende de sus propias palabras, contenidas en una carta fechada 22 de marzo de 1965 que enviara desde Santiago de Chile a uno de los oficiales de su grupo: "Respecto a mi posición dentro del Ejército, estoy firme y definitivamente convencido que no debo abandonarla, aún sea bajo la más fuerte de las presiones, ya que es la única forma en que hoy, mañana o algún día podré -en una u otra forma- cooperar en la reestructuración definitiva de las FFAA dominicanas."

Sobre la importancia histórica del movimiento que lideraba, y por no haber tenido éxito en un intento de materializarlo, el Coronel Fernández Domínguez escribió el 21 de abril de 1964 "La historia de la República Dominicana no se ha escrito aún... y tengo la firme convicción de que nuestro abortado movimiento será un capítulo de esa historia... La problemática dominicana es bien clara, todo descansará dentro de poco tiempo en la joven oficialía, la cual deberá ser reconquistada por nosotros, por todos los medios."

En Chile recibió la noticia del derrocamiento del Triunvirato por el movimiento armado del 24 de abril de 1965 e inmediatamente tomó un avión vía Puerto Rico para regresar al país aunque no pudo entrar a la República Dominicana porque el aeropuerto se encontraba cerrado por tropas que se oponían al movimiento insurreccional. 

El Coronel Fernández Domínguez, que había sido nombrado Ministro de Interior y Policía en el Gabinete designado por el Gobierno Constitucionalista presidido por el Coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, logró entrar al país, después de varios intentos el día 14 de mayo de 1965 mientras se realizaban negociaciones entre el gobierno encabezado por Caamaño y los representantes de las fuerzas norteamericanas que habían invadido el país.

Tomó posesión de su cargo pero cinco días más tarde, el 19 de mayo de 1965 murió durante un encuentro con tropas norteamericanas mientras dirigía un asalto al Palacio Nacional, ocupado por tropas del Gobierno de Reconstrucción Nacional encabezado por el General Antonio Imbert Barreras, que se oponía a Caamaño Deñó. El Coronel Fernández Domínguez, muerto a los 30 años de edad, se encuentra sepultado en el cementerio de Santiago de los Caballeros.

Sólo unos días antes de su muerte había escrito: "Sabemos que este movimiento tiene una alta categoría histórica; que él marcará una época en nuestro país, siempre traicionado y siempre esclavizado; sabemos que con nosotros no sólo se levantará la voluntad democrática del pueblo dominicano sino también la fe de muchos pueblos de América que tienen en su corazón un altar para los luchadores de la libertad. 

Y porque sabemos todo eso, terminaremos la lucha con el mismo sentido del honor con que la empezamos y con el alma satisfecha de los que sirven a la Patria y, en consecuencia, sirven a su pueblo. Aquel que de nosotros caiga en la lucha, no caerá; se elevará al respeto de todos los dominicanos; aquel de los que luchan contra nosotros que no comprenda a tiempo su error, ese caerá para siempre del amor del pueblo y será perseguido por la historia."

                              El Presidente Bosch inspecciona las maniobras militares dirigidas
por el coronel Fernández Domínguez. Junio 1963 


________________________________________
SU ÚLTIMA CARTA

Para su esposa Arlette Fernández

Mayo del 65, Río Piedras,

Puerto Rico.
Adorada Letty:

Imagino lo desesperada que estás por venir y espero en Dios puedas resolver todo pronto para que
puedas estar aquí en esta semana.

Te estoy haciendo esta carta porque es posible que cuando llegues yo no esté aquí, ya que hay una posibilidad de poder entrar a mi Patria y quiero decirte y pedirte muchas cosas. Espero que así sea, ya que no soporto más la situación en que me encuentro; mientras mis compañeros y mi pueblo, luchan y mueren, yo estoy aquí, como un idiota perfecto, después de luchar tanto y sufrir inmensamente en este odiado exilio; yo, que estaba llamado a responsabilizarme y dirigir el movimiento, tengo la desgracia de tener que contemplar desde lejos cómo matan cobardemente a los míos y no puedo ayudarlos, no puedo hacer nada; esto me tiene destrozado y creo que mi desesperación me volverá loco; lo que siento sólo es comparado a lo que sentí cuando murieron mi papá e Ivonne; bueno, tú sabes como he aprendido a amar a mi Patria y ahora no puedo hacer nada por salvarla.

Esto es terrible para mí, sólo Dios sabe lo que siento cuando hablo por teléfono con los muchachos y me doy cuenta de que no puedo estar a su lado. Por eso Letty, aunque sé que es una muerte segura, me voy como sea; he agotado todos los recursos imaginables para poder entrar pero ha sido imposible.
Imagínate, he pasado días enteros entre montes y cañaverales, y tratando de entrar en bote ya que en avioneta nadie puede ni se prestan con razón a entrarme; esta vez es seguro, pues hay un hombre muy responsable que se ofrece a llevarme y estoy listo para partir.

Estoy consciente del peligro pero, tú sabes que lo más sagrado para mí es el deber y hoy debo cumplirlo nada menos que con mi patria y mi pueblo. Me siento dichoso de que Dios me brinde la oportunidad de cumplirlo como soldado.

Si me pasa algo, sé que vas a sufrir mucho y tú y mis hijos pasarán trabajo. No les dejo siquiera una casa pero, cuando te veas muy apurada recuerda que esto es más que nada porque fui honrado y tengo mis manos inmaculadas y esto debe servirte de orgullo e incentivo para luchar; sé que eres valiente y no me defraudarás.

Además, recuerda lo que tanto te he dicho. Todos tenemos nuestro destino marcado y si el mío es morir por mi patria, es el destino más maravilloso que hombre alguno pueda tener y la felicidad que yo sentiría es algo inexplicable. Yo tengo el privilegio de haber aprendido a amar a mi pueblo y a mi patria de esta forma que sólo yo sé, de haber tratado de superarme a mí mismo y tratar de llegar a ser “UN HOMBRE”. Tú sabes como he luchado contra las tentaciones de la vida para hacer que en mi mente y en mi corazón aniden siempre y en todos los momentos de mi vida, la vergüenza, la honradez, la justicia, el amor y el patriotismo. Tú sabes todo esto, mi vida, por eso, si caigo por defender y cumplir con estos sagrados principios, por mis ideales que tanto he tratado de que sean verdaderamente puros, tú y mis hijos deben sentirse orgullosos, porque yo, desde donde esté, me sentiré muy feliz.

Al leer esta carta sé que te pondrás muy triste, pues sé lo que me quieres y lo sensible que eres, pero necesito desahogarme pues sufro mucho y estoy muy desencantado.

Por la prensa y la radio te habrás enterado de que los norteamericanos nos tildan de comunistas, esto no es más que un pretexto para aniquilarnos y con ello al pueblo que hoy lucha por reconquistar sus derechos, pues ellos muy bien que saben cómo somos y la razón y pureza de nuestros ideales, pero son malos, despreciables y traidores, cobardes animales que no saben con todo su poderío, de dignidad y honor, sólo les interesa el vil metal, lo demás para ellos no vale nada. Pero el valor y patriotismo de nuestro pueblo es algo que no se puede decir con palabras, y no podrán; antes, tenderán una alfombra de cadáveres sobre Santo Domingo y, aún cuando nos pisoteen, seremos más grandes y dignos que ellos.

Dentro de mi desesperación, siento un orgullo tremendo pues mis compañeros de armas, aquel grupo que yo elegí por su seriedad y vergüenza, ha dado muestras de un valor y patriotismo encomiable,
¿te acuerdas lo que decía de Francis,* Lachapelle, ** y Quiroz?, *** no me equivoqué. También siento gran satisfacción porque aunque no luchamos precisamente por un hombre y un partido, he comprobado que el Señor Presidente es un gran hombre y de mucho valor, ya que esto no se demuestra sólo peleando;

además, lo que más admiro en él es su nobleza e inteligencia porque ha sabido salvar vidas y no sólo de revolucionarios. Veo que los dominicanos no se equivocaron cuando lo eligieron.

Si me pasa algo, ocúpense tú y Celeste de cuidar mucho a mamá para que no vuelva a enfermar; bueno Letty, ya verás que no me pasa nada, los hombres tan idealistas como yo no mueren muy fácilmente, pero por si acaso, tengo algo que pedirte y encomendarte. En nombre de ese amor que nos tenemos, tienes que luchar con todos los medios a tu alcance para hacer de mis hijos hombres dignos y de vergüenza, honrados y valientes (sé que tú lo eres) porque si yo no puedo llegar a hacer por mi pueblo todo lo que pienso, entonces ellos tendrán que hacerlo, son mi aporte a la patria que venero, la única herencia que les dejo, a ti y a Ella; los varones, sean o no militares, tienen que luchar y morir si es necesario por verla libre y nuestro pueblo feliz y lo que es más, que den su vida, si es que tienen que hacerlo, llenos de felicidad; en resumen, incúlcales mis ideales, y entonces, como dice aquél escrito que puse en un cuadro en casa: NO

 HABRE VIVIDO EN VANO.


Ojalá traigas el dinero de la venta del carro, pues el que traje lo gasté en equipos para mi viaje y también se lo he dado a algunos amigos que han venido. Cómprale ropa a los niños y me le pagas cien pesos que le cogí prestados a mamá.

Me voy Letty, pero en esta carta te dejo mi corazón y mi alma. Miles de besos a los niños, cuídense mucho y que Dios los bendiga.

Te adora tu
Rafa.
  
Los  cinco hijos del matrimonio. 1964

Tomado del Blog: Historia Patria Dominicana

lunes, 9 de abril de 2012

LA GUERRA DE ABRIL 1965

Entramos  al  mes de abril, el mes de la heroicidad dominicana, puesto que el 24 de abril de 1965 se inicia  la revolución de abril.

La Guerra Civil Dominicana de 1965 constituye uno de los hechos más relevantes en la historia reciente de la República Dominicana.

El conflicto se inicia cuando un movimiento de jóvenes oficiales de las distintas ramas de las fuerzas armadas dominicana, comprometido con un mejor destino para la patria, liderado por el Coronel Tomas Fernández Domínguez, complotan con el propósito de restaurar el gobierno constitucional y democrático del profesor Juan Bosch del 1963; primer gobierno elegido democráticamente en las urnas tras el ajusticiamiento del dictador Rafael Leónidas Trujillo. .
El profesor Juan Bosch es derrocado siete meses después de haberse juramentado como presidente constitucional de la República (el primer Presidente electo democráticamente luego de los 30 años de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo); esto sucede tras la promulgación de la constitución  de 1963, que establecía, entre otras cosas, la libertad religiosa y de expresión, la libertad política  el derecho a la vivienda, la igualdad entre hijos naturales y los nacidos bajo matrimonio, así como el retorno de los disidentes políticos y exiliados durante el régimen trujillista; prohibía, además, los monopolios, la apropiación de extensivas tierras y otros tantos proyectos innovadores que provocaron que diversos sectores acusaran al profesor Bosch y a su gobierno de comunistas.

Asestado el golpe, Bosch sale al exilio a la Isla de Puerto Rico.

Bajo la consigna “vuelta a la constitución sin elecciones”, el grupo de oficiales patriotas da inicio a unos de los episodios de mayor heroicidad del pueblo dominicano, tanto que tres días después de la revuelta militar y los militares opuestos al retorno a la democracia, ya derrotados, ocurre por segunda ocasión en el siglo XX, la intervención de los Marines Norte Americanos, con el propósito de impedir que el pueblo  eligiera su propio destino en democracia.

La respuesta del pueblo en armas juntos a sus militares patriotas frente a la grosera y abusiva intervención militar de los Estados Unidos, fue una repuesta de heroicidad, resistiendo y enfrentado militarmente a unos de los  ejércitos más poderosos del mundo.

El movimiento 30 de junio considerando lo importante, para que no se pierda en el tiempo la memoria histórica de aquella gesta, donde el valor patriótico del dominicano se puso de manifiesto por tercera ocasión en cuanto defender la patria se trata, presentar varios  reportajes en series donde se analiza en su justo  contexto histórico  lo que fue la revolución de abril y la intervención militar de los Estados Unidos en 1965.

Para la ocasión, el profesor Juan Bosch, analizando desde una perspectiva histórica la revolución de abril decía:

“Los hechos que tienen importancia en la vida de un pueblo no pueden verse aislados, y por esa razón no podemos hablar de la Revolución de Abril aislándola del resto de la historia dominicana como si ésta hubiera comenzado el día antes del 24 de abril de 1965.

Es más, la Revolución de Abril no puede analizarse ni siquiera a partir del 25 de septiembre de 1963, fecha en que se dio el golpe de Estado que derrocó el Gobierno constitucional de ese año.

Podemos decir que el golpe de 1963 fue el antecedente inmediato de la Revolución de Abril, pero para juzgar correctamente el estallido de 1965 habría que ir mucho más atrás porque todos los acontecimientos históricos tienen raíces múltiples y algunas de ellas nacen mucho tiempo antes de lo que se ve a simple vista.

Esto que acabamos de decir es lo que explica que a la hora de analizar cada momento de la historia debemos partir del conjunto de los hechos anteriores.

Una de las raíces del 24 de Abril se encuentra en la ocupación norteamericana de 1916, pero sucede que esa ocupación militar de 1916 tuvo su origen en otros acontecimientos, y todos ellos tienen sus raíces en la falta de un desarrollo económico, y por tanto social, que le diera al Pueblo dominicano la base material indispensable para mantener la independencia del Estado y con ella la seguridad del régimen político propio del sistema en que nos propusimos vivir”.

En los artículos y trabajos sobre la guerra de abril que presentaremos a lo largo de todo el mes de abril, hoy iniciamos con un resumen del primer capítulo del libro del profesor Juan Bosch: Crisis de la Democracia de América en la República Dominicana.

El propósito de iniciar con este resumen del libro del profesor Juan Bosch a modo de introducción de la series de trabajos que presentaremos sobre la guerra de abril, es que los amigos lectores de este blog y los que nos siguen en las distintas redes sociales donde interactuamos, se formen una idea de conjunto de cuál era la situación social, económica y política   del país a la víspera de la salida de la familia Trujillo posterior a la muerte del Tirano.

JUAN BOSCH : A LA MUERTE DEL TIRANO

A mediodía del 31 de mayo de 1961 estaba en San Isidro del Coronado, en las afueras de San José de Costa Rica, en el comedor del Instituto de Educación Política.

Acababa de comer y hablaba con uno de los profesores haciendo tiempo mientras llegaba la hora de iniciar las clases de la tarde, cuando llegó un tropel de estudiantes —a la cabeza de ellos un dominicano apellidado Llauger Medina— gritando que habían muerto a Trujillo.

Minutos después me comunicaban de la oficina que el Embajador de Honduras en Costa Rica quería hablarme por teléfono.

 Era para confirmarme la noticia.

Esa misma tarde, mientras los muchachos del Instituto desfilaban con banderas y cartelones por las calles de San José y organizaban un mitin en el Parque Central —en el cual hablamos uno de los estudiantes, José Figueres y yo—, desde la casa de don José Figueres hablé por teléfono con Ángel Miolán, que se hallaba en Caracas, y le pedí que se trasladara a San José cuanto antes y que convocara a la capital de Costa Rica a todos los representantes del Partido Revolucionario Dominicano que estuvieran en capacidad de viajar.

En el momento de la muerte de Trujillo, yo presidía el Comité Político y Ángel Miolán era el secretario general.

Miolán se movilizó sin perder un minuto, se puso en contacto telefónico con varias seccionales y salió hacia Costa Rica vía Panamá.

Si no recuerdo mal, el 4 de junio estábamos ya Miolán, Silfa, Castillo y yo discutiendo la salida de la crisis que se le presentaba a nuestro país con la desaparición de Trujillo.

Desde el primer momento mi opinión fue que había llegado la hora de entrar en el país, y a medida que fueron llegando los compañeros, hallaba que cada uno tenía las mismas ideas.

Todos estuvimos de acuerdo en que había llegado la oportunidad de mover a las masas dominicanas hacia un destino mejor, y no podíamos dejar pasar esa coyuntura.

El 13 de junio cablegrafiamos al doctor Joaquín Balaguer, Presidente de la República Dominicana, y al Presidente de la Comisión de la Organización de Estados Americanos que se hallaba en Santo Domingo, diciéndoles que si se daban garantías suficientes el Partido Revolucionario Dominicano trasladaría su equipo dirigente a la República Dominicana.

Ambos contestaron inmediatamente; Balaguer, diciendo que daba garantías, y el Presidente de la Delegación de la OEA informando que había hablado con Balaguer, y que éste le había asegurado que el PRD tendría garantías para actuar.

Desde luego, el Gobierno dominicano no tenía otra salida.

En el libro Trujillo: causas de una tiranía sin ejemplo, cuya segunda edición estaba imprimiéndose en esos momentos en Venezuela, yo decía textualmente las siguientes palabras (págs. 178-179): “[...] debido a que Trujillo resumió en su persona todas las debilidades históricas dominicanas, y debido a que sus condiciones personales fueron decisivas en la creación y en el mantenimiento de esa vasta empresa llamada el régimen trujillista, esa empresa depende vitalmente de la propia persona de Trujillo.

Tal dependencia es el punto débil de la tiranía, que no perdurará un día más allá de aquel en que Rafael Leónidas Trujillo pierda el poder o dé la vida.

Las circunstancias históricas que lo produjeron a él como ser psicológico, militar, político y económico, no se han reproducido ni se reproducirán en ninguno de sus herederos; ninguno de ellos, por tanto, podrá actuar como él”.

La imposibilidad de que la tiranía se mantuviera saltaba a la vista de cualquiera que hubiera estudiado con seriedad las características del régimen.

Joaquín Balaguer iba a verse en una situación difícil y sería forzado a presidir la liquidación del trujillismo.

Yo había estudiado despaciosamente el problema de las castas dominicanas y tenía la convicción de que a la muerte de Trujillo se produciría en forma inevitable, la agrupación de los de “primera” para luchar por el poder; y por la forma retraída en que Balaguer se había comportado toda su vida frente a ese sector social, entendía que él no estaría con ese grupo, al cual no pertenecía ni por nacimiento ni por inclinación, pero al mismo tiempo, para no ofrecer flancos vulnerables a los ataques de ese grupo, tendría que comenzar inmediatamente a desmovilizar la maquinaria de la tiranía.

Esos razonamientos se aplicaban a una persona que estaba jugando un papel de primera fila en la crisis dominicana, no a la crisis en sí.

Al estudiar la crisis con independencia de los factores humanos que podían ser determinantes, encontraba que la crisis estaba en el choque de fuerzas nacionales e internacionales, de las cuales las que tenían mayor poder entonces —al mediar el mes de junio de 1961— eran las de tipo internacional; y esas fuerzas obligaban a la totalidad del régimen dominicano —no sólo al Gobierno civil encabezado por Balaguer sino también al poder militar encabezado por Ramfis Trujillo— a ofrecer y mantener las garantías que pedíamos.

Si esta suposición era correcta —y los hechos demostraron que lo era—, el Gobierno dominicano no tenía salida: estaba forzado a darle garantías al Partido Revolucionario Dominicano, y con esas garantías el PRD movilizaría al Pueblo para llevarlo a conquistar su libertad y a hacer su revolución.

En el orden nacional, a la muerte de Trujillo no se advirtió movimiento alguno en el país.

Ramfis Trujillo, el hijo del tirano, que se hallaba en Europa cuando su padre fue muerto a tiros en la Avenida George Washington de la capital dominicana, voló a Santo Domingo y tomó el mando militar.

Ya en el mando, se dedicó a satisfacer apetitos de venganza mediante la cacería de los que habían participado en la conjura que le costó la vida a su padre, y a ir sacando del país la mayor cantidad posible de dólares.
(…) la crisis política producida por la muerte del tirano, y todo ello junto afectaba a las fuerzas armadas, base del poder de Ramfis Trujillo.

El heredero militar del régimen necesitaba una victoria internacional que le permitiera ofrecer a sus soldados un porvenir seguro; y la única victoria internacional posible era el levantamiento de las sanciones americanas. 

Ahora bien, ¿cómo podían levantarse esas sanciones si se mantenía el régimen dictatorial? Y para dar pruebas de que el régimen dictatorial iba a ser liquidado, ¿qué mejor precio podía pagar Ramfis que el de ofrecer garantías a un partido democrático, cuyos líderes eran conocidos y respetados en toda América?

Sobre la crisis internacional de orden político que padecía el régimen dominicano, y que tan favorable era a los designios del PRD, había una crisis norteamericana en el suministro de azúcar.

 Los Estados Unidos se habían cerrado a sí mismos el mercado azucarero dominicano mediante una resolución que mandaba no comprar azúcar a países que se hallaran bajo gobierno dictatorial.

La medida se había tomado para boicotear el azúcar cubano, pero como todavía Fidel Castro no había declarado que Cuba era un país comunista, resultaba difícil, ante la opinión pública internacional e incluso ante un sector importante de la opinión pública norteamericana, aplicar la resolución sólo a Cuba y no a la República Dominicana, país exportador de azúcar que se hallaba gobernado por una tiranía más vieja que la de Castro y además declarada por la Organización de Estados Americanos fuera de la ley internacional desde el intento de asesinato del presidente Rómulo Betancourt realizado por Trujillo.

Los Estados Unidos, pues, no compraban azúcar dominicano; pero sucedía que en esos meses de 1961 las reservas del dulce que tenían los Estados Unidos iban en descenso, las cosechas de remolacha no eran buenas, la producción de azúcar en países de Asia y de América libres de tiranías amenazaba bajar. Washington, pues, veía la liberalización dominicana como una solución no sólo a un problema político que afectaba su posición ante América Latina, sino además como una necesidad de tipo económico que tenía reflejos serios en los consumidores norteamericanos.

Al mismo tiempo, sucedía que Ramfis Trujillo, y con él su madre y sus hermanos, eran dueños del ochenta por ciento de los ingenios de azúcar dominicanos —entre ellos, de los dos más grandes del mundo—, y la familia Trujillo quería el poder pero quería más el dinero; de manera que entre conservar el poder político en la República Dominicana y obtener dólares vendiendo su azúcar en los Estados Unidos, Ramfis Trujillo titubeaba; y nosotros, los dirigentes del PRD, que nos dábamos cuenta de su situación, aprovechábamos ese titubeo.

¿Para qué lo aprovechábamos? ¿Para lanzarnos a la lucha por el poder?

No; y este no, simple pero rotundo, requiere una explicación.

El estado de agitación política, de malestar económico, de debilidad de las estructuras sociales en que dejaba Trujillo el país requería una conducta muy limpia de parte de los que quisieran conducir el Pueblo dominicano hacia una liquidación gradual, cuidadosa y no sangrienta de los remanentes de la tiranía, lo cual no podía lograrse sin transformar todo el ambiente dominicano.

Se requería ante todo preguntarse con verdadera honestidad, y responderse con igual honestidad, qué se buscaba.

Si se iba a la lucha por el poder, podían usarse en ese momento dos fuerzas: la de las armas que estaba en manos de los militares, y la de la presión exterior, que sólo Washington podía manejar.

Usar a los militares requería conspirar, y de la conspiración podían surgir algunos generales con el poder político en la mano; además, conspirar era una infamia y nosotros no habíamos luchado tantos años para caer en infamias.

Usar a Washington era renegar de los principios que nos habían situado desde hacía largos años en el campo de la revolución democrática. La revolución democrática tenía que ser básicamente nacional, hecha por las fuerzas del país.

Como demócratas, podíamos aceptar ayuda de los demócratas norteamericanos, estuvieran o no en el poder, de la misma manera que la aceptábamos de los demócratas latinoamericanos; pero no podíamos atar nuestra conducta a la de ningún gobierno extranjero, por amistoso que se mostrara con nosotros.

Nuestros fines no podían ser la lucha por el poder sino la movilización del Pueblo, y sabíamos que eso no podíamos hacerlo ni en un mes ni en seis.

Al mismo tiempo podíamos tratar de hacer la revolución desde el poder, pero no como partido político sino como parte de un régimen de unión nacional, y eso, como veremos en otro capítulo, no fue posible, por lo cual nuestra función quedó en la primera parte, y para cumplir esa parte —es decir, la de movilizar al Pueblo— no necesitábamos sino de nuestras propias fuerzas.

Esa movilización del Pueblo requería conocimiento del estado de ánimo general, conocimiento de la psicología de nuestras masas sector por sector, conocimiento del punto exacto en que se hallaba cada uno de esos sectores en términos de evolución económica, social y política, conocimiento de las aspiraciones de cada sector y de su capacidad para la lucha.

Nosotros creíamos saberlo y en consecuencia trazamos una línea que debía seguirse estrictamente: ir despertando al mismo tiempo la conciencia social del Pueblo y su conciencia política e ir matando simultáneamente el miedo nacional, el miedo que se había metido en los huesos de la generalidad de los dominicanos; y hacer eso dirigiéndonos en primer término a las grandes masas porque pensábamos que eran las que menos deformación habían sufrido bajo las presiones de la tiranía y las que más necesitaban liderazgo.

A nuestro juicio, las clases medias estaban deformadas por la fuerza demoledora del trujillismo y se lanzarían a la conquista del poder tan pronto pudieran hacerlo.

A mediados de 1961, las grandes masas dominicanas no tenían idea de lo que era la justicia social, no tenían idea de por qué ellas pasaban hambre, sufrían enfermedades y eran ignorantes y esclavas.

En muy alta proporción, los jóvenes de las clases medias dominicanas eran hijos de veteranos trujillistas, de abogados, arquitectos, ingenieros, comerciantes y finqueros que habían hecho fortuna con los favores de Trujillo.

En Santo Domingo se daba un eco de la eterna respuesta de la historia a los conflictos políticos y sociales: los hijos se rebelaban contra los padres. Muchos de los padres de esos jóvenes hallaron en la rebelión de sus hijos contra el trujillato —en las prisiones, torturas y exilios de sus hijos— la justificación necesaria para seguir usufructuando el poder a la caída del trujillismo.

Un buen ejemplo para probar esa afirmación es el licenciado Rafael F. Bonnelly.

La juventud que había conspirado desde 1959 se organizó clandestinamente en el llamado Movimiento 14 de Junio, que después se denominó Agrupación Política 14 de Junio.

La delegación del Partido Revolucionario Dominicano llegó a Santo Domingo el 5 de julio de 1961, es decir, a los treinta y cinco días de haber sido muerto Trujillo por los arrojados conspiradores del 30 de mayo.

La presencia de los delegados del PRD en tierra dominicana dio al Pueblo la sensación de que habían aparecido líderes que iban a protegerlo contra sus tiranos; y los más valientes jóvenes, hombres y mujeres de los barrios que forman el cinturón de hambre de la vieja Santo Domingo de Guzmán, se lanzaron a la lucha.

Ese hecho tuvo tanta importancia en la historia dominicana, que merece —y yo diría que requiere— unos párrafos para explicarla, pues aunque han pasado algunos años desde entonces, todavía el sector dominicano que escribe la historia no se ha dado cuenta de lo que significa el 5 de julio de 1961 como hora inicial de la formación de una conciencia en las masas dominicanas.

La llegada de los delegados del Partido Revolucionario Dominicano a Santo Domingo le dio sentido político al 30 de mayo. Sin el 5 de julio, el 30 de mayo era una fecha aislada, aunque heroica, perdida en una espantosa noche de terror.

La delegación del Partido Revolucionario Dominicano rompió el hechizo del miedo que separaba a los dominicanos, a cada uno de todos los demás, y también a todos los dominicanos del resto del mundo, y le comunicó movimiento histórico al acto del 30 de mayo.

Lo que habían hecho los valientes del 30 de mayo comenzó a fluir en la historia; dejó de ser un suceso aislado por el terror y pasó a tener categoría de punto de partida hacia una nueva etapa de la vida dominicana.